EEUU construyó “un anillo para gobernarlos a todos” en el siglo XX, y ahí sigue

Con el Banco Mundial, el FMI, la OMC, la OTAN, incluso la ONU y hasta con la Unión Europea, Washington controla esta Tierra no-Media al modo de Mordor en la novela de Tolkien

June 13, 2024, Savelletri Di Fasano, Italy: U.S President Joe Biden walks to the leaders meeting of the 50th G7 Summit at the Borgo Egnazia resort, June 13, 2024, in Savelletri di Fasano, Italy.,Image: 881491205, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: Presidenza Del Consiglio/G7 Ital / Zuma Press / ContactoPhoto
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“Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo. Siete para los Señores Enanos en casas de piedra. Nueve para los Hombres Mortales condenados a morir. Uno para el Señor Oscuro, sobre el trono oscuro en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras. Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas en la Tierra de Mordor donde se extienden las Sombras”.

En el ya lejano siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos eran el único país que había salido no solo industrial y económicamente indemne de la contienda, sino que se había convertido en la economía más fuerte del mundo, con una industria en crecimiento y una gran acumulación de capital —en 1945 detentaba el 50% del PIB mundial con solo el 7% de la población—, gracias a la venta de armas al resto de los combatientes y a la rentabilidad de los préstamos que les había hecho.

Para consolidar su poder como líder indiscutible, encabezó la construcción de un nuevo orden mundial, basado en una serie de instituciones, aparentemente democráticas, controladas de forma más o menos evidente por Washington. Así, el FMI, el Banco Mundial, la OTAN y la ONU, creados en los años 40 y la OMC, de los 90, incluso la Unión Europea, que parecía un proyecto independiente, funcionaron como los 19 anillos que repartió Sauron entre los habitantes de la Tierra Media (elfos, enanos y hombres), una engañifa; mientras que el poder auténtico estaba en el anillo único, el de Mordor. El señor de los anillos, la obra literaria de J. R. R. Tolkien, publicada entre 1954 y 1955, es una metáfora perfecta de la realidad de su época, prolongada por desgracia hasta la actualidad.

Antes incluso de que EEUU entrara en la contienda, su presidente, Franklin D. Roosevelt se reunió con el primer ministro británico, Winston Churchill, para diseñar la postguerra, en teoría para evitar una depresión económica como la que siguió a la Gran Guerra en 1929, en la práctica para asegurarse de ser el beneficiario del proceso. Cuando estuvo claro quienes eran los vencedores, la Conferencia de Bretton Woods culminó la organización del nuevo sistema económico internacional en julio de 1944. La Segunda Guerra Mundial no terminó hasta septiembre de 1945. En la reunión se establecieron las reglas para el comercio de materias primas y manufacturas según los deseos estadounidenses, el resto de los 44 países asistentes, unos pobres, otros todavía escenarios de guerra y destruidos por ella, tuvieron que someterse.

Los británicos hicieron una propuesta, realizada por el economista John Maynard Keynes, que defendía la creación de un organismo de compensación internacional, para reducir las diferencias entre los países endeudados y los acreedores. Era un plan tan democrático y solidario que evidentemente no prosperó, EEUU manejó la conferencia y de ella salieron el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, dos organismos donde no se disimula el liderazgo estadounidense, hasta su sede está en Washington, y del dólar como divisa de referencia. Desde entonces, cuando los países tienen problemas de deuda, obtienen préstamos del FMI y deben someter su política económica a sus directrices. Este mecanismo ha desencadenado espirales de crisis interminables en multitud de países y desde la Casa Blanca se han administrado las ganancias. Aunque los sucesivos directores generales del Fondo han sido europeos, siempre han defendido las políticas económicas que interesan a EEUU, aceptadas en sus contenidos neoliberales por Europa. Los falsos anillos de poder que representan estas dos instituciones podrían ser algunos de los nueve entregados a los hombres en la saga de Tolkien. Los humanos son unos seres muy preocupados por el dinero y el bienestar.

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En Bretton Woods se intentó crear un tercer organismo para controlar el comercio mundial, no se constituyó porque a los estadounidenses no les acabó de gustar el proyecto, pero en 1948 se firmó el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), que posteriormente, en 1995, absorbió la Organización Mundial del Comercio (OMC). El control de algo tan etéreo como la libertad de comercio internacional, seguramente es cuestión de elfos, que debieron creer que con ese primer anillo de los tres que les correspondían, iban a beneficiar al mundo abriendo las fronteras. Nada más lejos.

Paul Krugman, el premio Nobel de Economía más mediático, asegura que es falso que el libre cambio sea positivo para todo el mundo. Sucede que en la multitud de tratados que se firman siempre hay países, los más poderosos, que establecen medidas proteccionistas, mientras imponen a los socios más desfavorecidos que desmantelen sus aranceles y abran sus economías. Como dijo uno de los directores generales de la OMC, Pascal Lamy, “el libre comercio no existe, es una ficción útil”. Habría que añadir que es útil para los más ricos. Los estados que prosperan parten de la protección con aranceles, contingentes o subvenciones, y cuando han conseguido debilitar a la competencia, y solo entonces, abren sus fronteras. Además, esos países más favorecidos, encabezados por EEUU, imponen a los más débiles en los acuerdos comerciales políticas de reducción del sector público, que disminuyen los ingresos fiscales, incrementando la desigualdad en su interior y con otros estados, al impedir políticas redistributivas. En resumen, tratar igual a los desiguales multiplica la desigualdad.

Nada más terminar la guerra, quizá para dar a los habitantes del planeta un horizonte esperanzador porque las instituciones económicas salidas de Bretton Woods evidentemente no eran capaces de ilusionar, Washington impulsó la creación de la Organización de las Naciones Unidas con el objetivo de “mantener la paz y seguridad internacionales, fomentar relaciones de amistad entre las naciones, lograr la cooperación internacional para solucionar problemas globales y servir de centro que armonice las acciones de las naciones”, según el artículo 1 de su Carta fundacional, adoptada por 51 estados en 1945. La ONU pretende ser una institución igualitaria, pero no es así, no solo porque su sede sea Nueva York, sino porque el sistema de vetos en el Consejo de Seguridad condiciona todas sus decisiones a la aquiescencia de EEUU. La última prueba de su inoperancia la vemos en la irresolución del genocidio perpetrado en Gaza por Israel. Con la ONU y los organismos que dependen de ella, desde Unicef a la Unesco o ACNUR, hombres y elfos obtuvieron sus anillos más preciados, pero muy pronto descubrieron que su poder estaba limitado, Mordor se iba perfilando.

En plena posguerra, EEUU diseñó una fórmula para atraer bajo su liderazgo a los países europeos, su objetivo económico era que la industria alemana se reactivara porque se consideraba esencial para la recuperación de los países destruidos por la guerra. No era un objetivo altruista, sino muy interesado, Washington, con el país en pleno crecimiento, necesitaba economías prósperas en Europa a quienes vender sus productos, por eso se levantaron las restricciones a la industria alemana, obligada al inicio de la ocupación a reducir su producción un 50%. También había un objetivo político, frenar la difusión del comunismo y de la influencia de la URSS en pleno inicio de la Guerra Fría.

El Plan Marshall, llamado así por el secretario de Estado estadounidense durante la presidencia de Harry Truman, George Marshall, inyectó 12.500 millones de dólares (unos 80.000 millones actuales) en forma de donaciones y préstamos a largo plazo. Funcionó entre 1947 y 1951 y llegó a 18 países europeos, algunos no contendientes, como Portugal. España se quedó fuera, en lo que fue una enorme desilusión para la dictadura franquista, que retrató a la perfección Berlanga. El mayor receptor fue el socio preferente, Reino Unido, que recibió el 26% del total, seguido de Francia con el 18% y la nueva Alemania Occidental con el 13%. Los países del Este quedaron fuera, también los afectados por la guerra en otros continentes. El plan se inscribía en el ímpetu liberalizador del comercio de los acuerdos de Bretton Woods, por eso fue la base del lanzamiento de la actual Unión Europea, que se inició con la constitución de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) en 1952 en París. Al recibir al fin unos anillos que les beneficiaban e incluso parecían haber sido creados por ellos, hombres y elfos, respiraron tranquilos. Fue entonces cuando Sauron acabó de contaminarlos y hacerlos inútiles con su última creación.

Con el pretexto de que la ONU no era capaz de garantizar la estabilidad y la paz en el mundo y de que la URSS, antigua aliada de la Segunda Guerra Mundial y clave para derrotar a Hitler, era una amenaza bélica, EEUU tomó la iniciativa para una alianza defensiva, la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la OTAN, cuya fundación se firmó en abril de 1949 en Washington, para que nadie se llamara a engaño de quien mandaba. Actualmente pertenecen a la Alianza Atlántica 32 estados, todos europeos salvo EEUU y Canadá. En ese momento, los enanos, los más belicosos de los habitantes de la Tierra Media, recibieron sus siete anillos y Mordor culminó el proceso de creación del anillo único, el que los somete a todos.

La OTAN, con el pretexto de la defensa común, ha metido a los países europeos en diversas guerras motivadas por los intereses estadounidenses, desde la de Yugoslavia a la actual de Ucrania. El organismo presuntamente defensivo está en constante expansión y, al rodear a Rusia tras el desmantelamiento de la URSS, puede acabar propiciando una nueva guerra, posiblemente nuclear, en territorio europeo, de la que EEUU, al otro lado del océano, volvería a ser el único beneficiario, como sucedió a mediados del siglo XX.

En la obra de Tolkien un pequeño grupo liderado por un hobbit —un colectivo que no recibió anillos, no sabemos por qué— salva a los habitantes de la Tierra Media al conseguir y después destruir el anillo único y por tanto salvarla del sometimiento a Mordor. En la Tierra no-Media de nuestro planeta real, el poder bélico de EEUU sigue inalterable y lo utiliza para lograr su objetivo económico prioritario: evitar que China le desplace como líder mundial. Parece claro que China no es equiparable a la Comunidad del Anillo y es muy difícil que nos devuelva a la felicidad de la Comarca. Puede resultar esperanzador que por todo el mundo hay hobbits en forma de pequeños partidos políticos de izquierda o activistas por el clima y diversas causas, dispuestos a luchar contra Mordor; pero en la terrible realidad del siglo XXI los orcos van disfrazados.