Annie Vernay

El curioso destino de una joven estrella del cine que se apagó antes de brillar

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Esta historia es verídica y tuvo su trágica culminación en el año 1941, año de guerra mundial en el que las muertes injustas y prematuras de diversa índole abundaban por toda Europa. Nuestra historia, en cambio, no es una tragedia de masas, es individual. Y tampoco está más que muy indirectamente ligada a la guerra o a los sucesos internacionales que por aquellos años convulsionaban el planeta. Mucho menos ligada que la muerte de Enrique Granados como consecuencia del hundimiento del Sussex, en el que navegaba, por parte de un torpedo alemán en 1916, y en el que el compositor fue un nombre famoso entre otros 50 muertos. Y muchísimo menos ligada al contexto que muertes como la de Anna Frank, cuya tragedia personal es al mismo tiempo símbolo de la tragedia de un pueblo.

Annie Vernay era una adolescente francesa que, de haber podido, quizá ella misma habría escogido otro camino. Pero su madre, como consecuencia de esas leyes no escritas de los matrimonios de inicios del siglo XX, había abandonado una carrera artística para ocuparse de las tareas domésticas, y luego hizo todo lo que estuvo en sus manos para que su hija Annie alcanzase esos anhelos que a ella se le habían negado. Así, cuando Annie tenía 16 años, se presentó a uno de esos concursos de belleza a los que asistían los círculos más bohemios, y no sólo lo ganó, sino que acabó siendo convocada por el director de cine Victor Tourjanski para participar como actriz en una película.

La chica prometía, y entre 1938 y 1941, cuando cumplía 19 años, participó en nada menos que ocho largometrajes. Algo vieron en ella en Hollywood, porque la Warner Bros, esa misma compañía que poco más de una década antes había iniciado el cine sonoro, la vio y la seleccionó para hacer el papel de extranjera en una de sus películas

Annie debió de gustarles mucho (y viéndola yo mismo hace poco en Les Otages, dirigida en 1939 por el gran Raymond Bernard, debo decir que su personalidad y naturalidad sobresalieron lo suficiente como para motivar que detuviese el filme y buscase información sobre ella). Debió de gustarles mucho considerando que, en un año como 1941, y como consecuencia de exilios múltiples, actrices extranjeras no debían de escasear en Hollywood. Incluso así, alguien vio a Annie en alguna de sus películas francesas y decidió que ella era la indicada. Se firmó un contrato y Annie partió desde Francia en un barco rumbo al estrellato dorado de Hollywood.

Aquí es donde entra ligeramente la guerra en su historia. Muy ligeramente, porque hasta entonces no parecía haber afectado en particular ni a su vida ni a su carrera. Resulta que con motivo del conflicto, los barcos estaban muy espaciados y no era posible realizar los trayectos habituales de tiempos de paz. De modo que para llegar a Hollywood, Annie se vio forzada a abordar un buque que primero pasaría por el puerto argentino de Buenos Aires, y luego ya sí se encaminaría hacia Los Angeles.

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Y no, ningún torpedo alemán hundió su barco. Sencillamente, durante el primer trayecto del viaje Annie enfermó de tifus, y para cuando llegó a puerto su condición era tan grave que la llevaron directamente a un hospital de Buenos Aires, donde murió no mucho después a los 19 años.

Ahí acababan su promesa, su carrera y su vida, fruto de ese azar caprichoso que a unos los machaca y a otros los perdona. Pero hay un breve corolario, que hace quizá el asunto, no más dramático, pero sí más singular (y del cual afortunadamente Annie nunca tuvo oportunidad de enterarse). Pues el papel de extranjera para el que ella había sido contratada, acabó interpretándolo la sueca Ingrid Bergman, quien había llegado a Hollywood en 1939. Y la película, que al iniciarse el proyecto se llamaba provisoriamente Rick’s Café, acabaría convirtiendo a su reemplazante en una estrella tras estrenarse en 1942 con el título final de Casablanca.