Leyendo labios

El arte de descifrar qué decían realmente los protagonistas de las películas mudas
Fotograma del documental

Las películas fueron mudas durante sólo treinta años, desde su creación hacia 1895 hasta la progresiva aparición del cine sonoro a fines de la década de 1920. En realidad, completamente mudas nunca fueron, porque siempre había música acompañándolas, fuera algún aficionado improvisando en un piano triste y desafinado en los cines más baratos, o una orquesta sinfónica completa interpretando partituras especialmente compuestas para el caso en los estrenos más lujosos.

Eso sí, hasta la aparición de los primeros sistemas que permitieron adosar a la película una banda de sonido sincronizada, actores y actrices tenían bien claro que lo que dijeran durante la filmación de sus escenas no sería escuchado por nadie más que por aquellos presentes en el estudio. Uno podría pensar que, dado que sus voces no llegarían a la pantalla, las estrellas de cine ni siquiera se molestarían en hablar, limitándose a mover profusamente los labios cuando fuera preciso. Al fin y al cabo, eso sería lo único que podría apreciar el público.

Pero gracias a numerosos testimonios de testigos, sabemos que eso rara vez era así. Algunos intérpretes pronunciaban vehementemente sus parlamentos (o se los inventaban), pues provenían de una tradición teatral (no necesariamente de Broadway o grandes escenarios, sino también de los más variados circuitos de teatro de variedades o vaudeville), y sentían que no sabían actuar de otra forma. Otros, cuyo bagaje actoral era quizás más modesto o incluso inexistente, hablaban en voz alta porque pensaban que así resultarían más creíbles, pese a que luego no se los escuchase. Y, como en general todos conocían más o menos el argumento, quién más, quién menos, enunciaban contenidos que luego se acercaban bastante a los de los rótulos escritos que luego irían intercalados en medio de esas escenas.

Viendo películas mudas, con frecuencia resulta sencillo leerles los labios a los intérpretes y descubrir, por ejemplo, los “I Love You” o, eventualmente, los “Je t’aime” antes de que un cartel nos los anuncie. Pero no cualquier texto podía ir en un rótulo. Por regla general, la censura excluía todo tipo de exabruptos u obscenidades (o lo que en aquella época se considerasen exabruptos y obscenidades). Por eso, no deja de ser curioso descubrir a Gloria Swanson profiriendo un sonoro (en este caso insonoro) “Goddam!”, que se leía perfectamente en sus labios pero que luego no aparecía aclarado en ninguna parte. Y si prestamos atención, Buster Keaton puede quedar en evidencia con un vistoso “Fuck you!”, y a Harold Lloyd se le cuela en algún corto un “Oh, shit!”.

Según las revistas de cine de la época, no pocos espectadores tenían como pasatiempo detectar este tipo de cosas y luego resaltarlas en sendas cartas de lectores. Y tampoco faltaban los directores que, como Raoul Walsh, fomentaban con total desparpajo que sus intérpretes lanzasen al aire las frases más altisonantes. En este juego de la provocación muda, tampoco faltaban luego entre los espectadores personas sordas o con dificultades de audición que leían semejantes malsonancias en los labios filmados y se escandalizaban como corresponde.

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Si leer en los labios de alguien un insulto o una declaración de amor quizá no parece tan complicado, lo cierto es que tampoco todo el mundo se tomaba el trabajo de intentarlo. Y menos aún cuando se veía a los personajes entablar en la pantalla largas conversaciones. Lo mejor era relajarse y creer religiosamente que decían más o menos aquello que indicaban los rótulos.

Con todo, durante la segunda década de la historia del cine, cuando los rótulos empezaron a hacerse numerosos, varios lectores de labios alertaron a las revistas de que tal actriz, que en la película discutía fieramente con un villano que tenía raptado a su hijo, en realidad comentaba con él el menú del restaurante donde había cenado con su amante la noche anterior. O que cuando el galán enunciaba en apariencia una extensa declaración de amor, en realidad le comentaba irónicamente al director cuánto detestaba trabajar a sus órdenes.

Hoy en día, aunque todavía no ha transcurrido un siglo y medio desde la invención del cine, se considera que casi las tres cuartas partes de las películas mudas estrenadas comercialmente se han perdido. Algunas fueron destruidas de forma intencional por los propios estudios, pues con la llegada del sonido consideraron que todo ese material nunca volvería a tener valor comercial. Otras fueron dejadas a su suerte en depósitos sin las condiciones de preservación adecuadas, y el nitrato fue deteriorándose poco a poco hasta que las imágenes desaparecieron para siempre.

Por eso, la mayor parte de las singulares rarezas que comentan las cartas de lectores en las revistas de cine de la década de 1920, hoy no podemos constatarlas. Tampoco es que la tarea de leer los labios a los intérpretes de cine mudo se haya hecho hoy de modo sistemático con las películas que sí se conservan. La mayor parte de los ejemplos puntuales al respecto, aparecen mencionados, dispersos aquí y allá, en foros de fanáticos del género.

Los únicos casos que conozco en que alguien ha acometido a consciencia esta tediosa labor son dos, y ninguno de los dos atañe a cine de ficción. El primero son los rollos de película sin sonido que Eva Braun filmó en el Berghof, el refugio en las montañas de Adolf Hitler, rollos que los aliados encontraron registrando dicho lugar terminada la guerra. Son varias horas de imágenes triviales, donde se ve a Hitler charlando, comiendo o paseando en compañía de diversos amigos, pero también de colaboradores del régimen como Joseph Goebbels, Albert Speer o Heinrich Himmler. El interés por saber qué decían en una situación semejante era evidente, de modo que se puso en acción un sofisticado programa informático capaz de leer los labios. Los resultados no pudieron ser más decepcionantes. Lejos de revelar ningún secreto de estado, los gestores de quizás los máximos horrores del siglo XX se limitan a saludar a quien los filma o a comentar las virtudes de los últimos modelos de cámaras fotográficas. Hitler bromea incluso diciéndole a Eva Braun que para su próxima sesión privada de cine hará que proyecten para ella “Lo que el viento se llevó”. Es un material que no aporta ninguna información relevante sobre la guerra que se estaba desarrollando pero, precisamente, el horror que puede producirnos observarlo reside en la propia banalidad e intrascendencia de sus diálogos, en el hecho de que, mientras las fábricas de la muerte que ellos pusieron en marcha funcionaban en aquel momento a destajo, a lo largo de varias horas de filmaciones ninguno de los que aparecen menciona nada al respecto, ni siquiera al pasar.

El otro ejemplo de lectura sistemática de labios se produjo con motivo de la realización del documental “They Shall Not Grow Old” (2018), que recopila filmaciones históricas de regimientos británicos durante la Primera Guerra Mundial. Los productores de la película reunieron varias horas de material mudo en blanco y negro producido por reporteros de la época y, con la más reciente tecnología, restauraron las imágenes proyectándolas a velocidad normal, y dotándolas de color y sonido hasta que, si no se presta una atención exagerada, parecen escenas filmadas en la actualidad para una obra de ficción. Aquí, personas sordas especializadas en lectura de labios iluminaron a los productores sobre los diálogos que pronunciaban los soldados, y sus palabras fueron luego grabadas por actores, dándole a las escenas una sensación apabullante de realidad. Una realidad que aparecía adormecida en las filmaciones mudas tal como eran, y que presentaban a la guerra en blanco y negro, sin sonido y con la acción transcurriendo a una velocidad muy superior a la real como consecuencia de las características de las cámaras del momento. El resultado final es chocante, porque nos ofrece las trincheras como las vivieron los jóvenes que nos interrogan desde la pantalla. Nos falta el olor, por supuesto, el fétido olor a cuerpos en descomposición que mencionan los veteranos en las entrevistas que utiliza la banda sonora. Pero aun así el impacto es increíble, porque la alta resolución, el color, el sonido y los movimientos naturales nos fuerzan a detener la mirada en cada una de las personas filmadas. Ya no es una masa humana lejana en el tiempo. Son rostros únicos, son individuos. Y en medio de ese infierno desolador, enfrentados a la cámara, los jóvenes soldados (muchos de ellos todavía niños de 16 o 17 años), no dudan en esbozar una sonrisa y hacer algún comentario para el reportero. Sabemos que muchos no sobrevivirán al mes, a la semana, o al día siguiente. Pero aun así sonríen y saludan para la cámara como lo hacemos nosotros hoy en día si de pronto nos vemos filmados por la televisión o aparecemos en la pantalla gigante de un estadio de fútbol. Y en el documental, sus palabras con tanto esfuerzo recuperadas (“¡Hola, camarada!”, “Parece que saldremos en una película”), aunque igual de intrascendentes que las pronunciadas por los jerarcas nazis en los rollos de Eva Braun, adquieren para nosotros un tipo muy diferente de patetismo.