Ahora, las europeas

Aunque normalmente los comicios europeos no suscitan un gran entusiasmo en el conjunto del electorado, en 2024 las elecciones europeas son mucho más importantes que en ocasiones anteriores
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, comparece ante el Parlamento Europeo, a 13 de diciembre de 2023, en Estrasburgo (Francia). En la recta final de la presidencia española de la UE, que concluye a finales de diciembre, Sánchez acude a la sede de Estrasburgo del Parlamento Europeo para pronunciar el discurso con las líneas estratégicas que pretendía defender como presidente de turno de la Unión Europea. Un discurso que se ha aplazado en dos ocasiones, en julio y en septiembre, y que provocará su primer encuentro con su nuevo socio Carles Puigdemont desde que este se fue a Bélgica.,Image: 829147203, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Pictured: PEDRO SÁNCHEZ, Credit line: Álex Flores / Europa Press / ContactoPhoto
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Después de las elecciones generales del pasado 23 de julio de 2023 y debido a los cálculos estratégicos de diferentes formaciones políticas, hemos asistido a lo largo de estos meses a tres citas electorales de ámbito autonómico en las tres naciones sin estado de nuestro país, con un efecto indudable en el conjunto del tablero político. Después de las elecciones gallegas, con una gobernabilidad automática debido a la mayoría absoluta del PP, después de las elecciones vascas, también con una gobernabilidad prácticamente automática debido al hecho de que todos los partidos que podían evitarlo aceptaron que el PNV revalidase la lehendakaritza, y después de unas elecciones catalanas, con un esquema de gobernabilidad mucho más complejo y que se irá desarrollando en las próximas semanas, ahora todos los partidos sitúan su proa hacia la última meta volante de esta larga sucesión de citas electorales: las elecciones europeas del próximo 9 de junio.

Aunque normalmente los comicios europeos no suscitan un gran entusiasmo en el conjunto del electorado, en 2024 las elecciones europeas son mucho más importantes que en ocasiones anteriores. En estos momentos, estamos viviendo al mismo tiempo una guerra en suelo europeo entre dos potencias nucleares —aunque formalmente se trate de una guerra entre Rusia y Ucrania, en realidad es una guerra entre Rusia y Estados Unidos, en la cual el hegemón norteamericano utiliza a Ucrania como proxy para que pongan los muertos que ellos no están dispuestos a poner— y el peor genocidio del siglo XXI en la Franja de Gaza. En ambos escenarios bélicos, el papel de la Unión Europea es fundamental y hasta ahora está operando exactamente en el sentido contrario a los principios fundacionales de la Unión. En la guerra de Ucrania, en vez de apostar por ser un agente de la diplomacia y de la paz, la Unión Europea ha decidido subordinarse completamente a los intereses de Estados Unidos a través de la OTAN y apostar por el suministro ingente de armamento al conflicto para provocar una escalada bélica que va directamente en contra de la seguridad y de la economía de los estados miembro. Respecto del genocidio que está llevando a cabo Israel en Gaza, la Unión Europea no solamente no ha hecho absolutamente nada para intentar detenerlo sino que, incluso, alguno de sus actores políticos más importantes —como, por ejemplo, la presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, o el país más poderoso de la Unión, Alemania— han ejercido directamente como apoyos y valedores del gobierno criminal que ya ha asesinado a más de 15.000 niños palestinos. Si a esto añadimos otros temas de crucial importancia, como una política migratoria común cada vez más alineada con la ideología racista de la extrema derecha, el avance de las fuerzas reaccionarias que ponen en peligro los derechos conseguidos en los últimos años por las mujeres o por el colectivo LGBIQ+ o el plan ya en marcha para volver a las normas neoliberales de la austeridad, queda claro que pocas veces antes en la historia nos hemos jugado tanto en unas elecciones europeas.

Sin embargo —o quizás precisamente por ello—, los dos grandes partidos del bipartidismo ya han dicho por activa y por pasiva que pretenden cooptar esta campaña y plantearla como una especie de plebiscito entre el PSOE y el PP. Eso es exactamente lo que significa la bochornosa jugada táctica de Pedro Sánchez con su carta, su retiro espiritual y su vuelta al mundo de los vivos sin ninguna propuesta en la mano —el intento de hacer de su propia continuidad un tema de campaña— y eso es también lo que hace todos los días el PP de Feijóo disparando contra el gobierno de Sánchez como si éste estuviese sacando adelante peligrosas reformas estructurales izquierdistas, cuando en realidad lleva sin hacer nada desde que fue investido. Si los dos partidos dinásticos del sistema del turno consiguen que se hable de ellos mismos y no de los gravísimos desafíos a los que se enfrenta la Unión Europea, entonces las consecuencias para la ciudadanía serán las peores posibles y, por ello, esto es lo primero que hay que evitar.

Los dos grandes partidos del bipartidismo ya han dicho por activa y por pasiva que pretenden cooptar esta campaña y plantearla como una especie de plebiscito entre el PSOE y el PP

Porque es que, además, el PSOE y el PP son prácticamente idénticos en la materia de la guerra, han sido también plenamente coincidentes en la aprobación del pacto migratorio ultraderechista que se ratificó hace una semanas y ambos tienen el mismo pasado austericida que dejaron vergonzosamente grabado en el artículo 135 de la Constitución. Respecto de los grandes problemas europeos, los eurodiputados del PSOE y del PP van a defender y van a votar prácticamente lo mismo en Estrasburgo. Aunque la gran coalición entre la socialdemocracia —cada vez más derechizada— y los conservadores —cada vez más ultraderechizados— no se suele producir en los gobiernos estatales por una cuestión de viabilidad electoral futura, en las instituciones comunitarias hablamos de un pacto que funciona desde hace décadas a pleno gas. Los homólogos del PSOE y del PP en el ámbito europeo se reparten prácticamente todos los puestos relevantes de la Unión Europea y coinciden en los planteamientos fundamentales. Quizás uno de los mejores ejemplos de este funcionamiento del régimen bipartidista europeo sea la propia Von der Leyen, al mismo tiempo amiga de Pedro Sánchez y de Netanyahu, defensora de los fondos europeos durante la COVID y ahora de la vuelta a la austeridad, máxima azuzadora del furor bélico y de la escalada armamentística y recientemente la persona más relevante del continente que ha abierto la puerta a la posibilidad de pactar con la extrema derecha en Bruselas y en Estrasburgo. Votar al PP o votar al PSOE el próximo 9 de junio va a tener más o menos los mismos efectos en el futuro Parlamento Europeo y eso es algo que tenemos que tener muy en cuenta cuando veamos los debates electorales en las próximas semanas.

Al mismo tiempo, las elecciones europeas representan una importante oportunidad para las fuerzas de la izquierda verdaderamente transformadora. La circunscripción única en toda España, que hace que ningún voto se pierda en ninguna de las provincias, permite que en las elecciones europeas puedan ocurrir cosas a priori mucho más difíciles en otro tipo de comicios, como lo que pasó en 2014 con la sorpresiva irrupción de Podemos. Además, en el contexto actual, hablamos de unos comicios en los cuales los incentivos para votar a los partidos nacionalistas o independentistas de izquierdas son menores; no solamente por el ámbito supraestatal de lo que está en juego, sino, además, porque asistimos a una coyuntura en la cual el independentismo catalán acaba de sufrir un fuerte retroceso, la izquierda abertzale vasca ha optado por reducir el tono y el nivel de conflicto en una estrategia lenta que busca sustituir al PNV como fuerza hegemónica en Euskadi y la izquierda nacionalista gallega apostó también en las últimas elecciones por un discurso transversal y de centro que les pueda permitir poco a poco ir presentándose como fuerza de gobierno en Galicia.

En esta situación, los y las votantes de la izquierda transformadora tienen a su disposición bien pocas papeletas para hacer valer sus principios en las urnas, y desde luego la papeleta de Sumar no es una de ellas. No solamente hablamos de un partido que ha tardado siete meses en llamar "genocidio" a lo que está haciendo Israel en la Franja de Gaza y que acaba de defender una PNL en el Congreso en la que lo denomina "enfrentamiento armado entre Israel y Palestina", no solamente se trata de una fuerza política que apoyó desde el principio a Sánchez en el envío de armamento a Ucrania y que ha dicho, recientemente, por boca de una de sus ministras, que España "tiene un gasto en armamento que es bajo", no solamente Sumar ha elegido una trayectoria de subordinación al PSOE —como espejo de lo que, hasta entonces, venía haciendo Podemos— sino, que, además, hace una nítida declaración política con su estrategia de pactos europeos que no deja lugar a dudas. Si la gran mayoría de los posibles eurodiputados de Sumar no se van a integrar en el grupo de la izquierda europea sino en el grupo de los verdes, que mayoritariamente defiende la escalada bélica en Ucrania y la operación genocida de Israel en Gaza, si se van a dar la mano con los Verdes Alemanes —un partido abiertamente otanista y neoliberal—, entonces, ¿cuál es la diferencia entre votar a Sumar o al PSOE el próximo 9 de junio? Y eso sin mencionar que estamos hablando de un espacio que ya presenta claros signos de descomposición. La propia Izquierda Unida ya ha dicho explícitamente que es muy posible que rompan con los de Yolanda Díaz después de las elecciones europeas. Teniendo en cuenta que una legislatura europea dura cinco años, esto significa que ni siquiera está claro dónde va exactamente un voto que el 9 de junio escoja la papeleta de Sumar.

Ante este panorama, Podemos se presenta como una opción que se encuentra en un momento muy difícil, pero que al menos ofrece una serie de garantías: una continuidad ideológica y programática en el tiempo, una candidata —Irene Montero— que ha demostrado un gran compromiso político y una enorme capacidad de combate, y un planteamiento netamente distinto al del PSOE en los principales desafíos que afrontan España y Europa en los próximos años: el fin de la guerra de Ucrania, el fin del genocidio en la Franja de Gaza, el frenar el retroceso en los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBIQ+, el diseño de una política migratoria compatible con los derechos humanos o el rechazo frontal a las reglas de la austeridad. Si los morados tuvieran un buen resultado, además, podríamos estar ante el primer paso en la reconstrucción de una posibilidad política de transformar nuestro país que ya se demostró viable en la pasada legislatura durante el primer gobierno de coalición de la democracia pero que, lamentablemente, se ha puesto en peligro durante los últimos años.

En Canal Red y en Diario Red, no ocultamos nuestras preferencias como hacen la mayoría de medios de comunicación. En todo caso, todas y cada una de las afirmaciones en los párrafos anteriores no son opiniones sino hechos y el principal de ellos es la enorme importancia de todo lo que está en juego. Los poderes que no quieren que nada cambie, los que defienden a los señores de la guerra, los que se reparten papeles simbólicos para así repartirse el poder, todos ellos y los brazos mediáticos que les dan cobertura van a intentar distraernos de las cosas importantes. Por eso cualquiera que desee que su voto el próximo 9 de junio sirva para construir un mundo mejor tiene que estar muy atento a los elementos clave y no perder el enfoque. Ahora tocan las elecciones europeas y nos jugamos mucho.

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