Sánchez nos mete en la guerra de Ucrania

En pocos días y si nadie consigue evitarlo, Pedro Sánchez estampará la firma de la presidencia del gobierno de España en un contrato que mete a nuestro país en una guerra entre dos potencias nucleares por delegación y que, de nuevo, pretende puentear al Parlamento
October 5, 2023, Granada, Andalusia, Spain: Spanish Prime Minister Pedro Sanchez, left, escorts Ukrainian President Volodymyr Zelenskyy, right, to the opening session of the European Political Community summit, October 5, 2023 in Granada, Spain.,Image: 811214807, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: Ukraine Presidency/Ukrainian Pre / Zuma Press / ContactoPhoto
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El 24 de febrero de 2022, Rusia invadió a Ucrania dando comienzo a la primera guerra en suelo europeo desde el conflicto de los Balcanes y la más grave desde la Segunda Guerra Mundial, involucrando directamente a dos países de gran tamaño, uno de ellos una potencia nuclear.

Independientemente de los intereses geoestratégicos y políticos de cada uno de los actores, lo que es evidente es que ninguna de las consecuencias de esta guerra para los pueblos implicados ha sido positiva. Por supuesto, el primer damnificado ha sido el pueblo ucraniano, con decenas de miles de muertos, entre soldados y civiles, un número aún mayor de heridos, millones de desplazados y una importante cantidad de sus infraestructuras destruidas. El pueblo ruso ha recibido menos impacto que el ucraniano pero sus soldados muertos en el conflicto y las consiguientes familias destrozadas también se cuentan por decenas de miles. Las guerras siempre las deciden las élites en los despachos de los pisos más altos de las torres financieras y —siempre también— las pagan los pueblos con su sangre… o con su hambre. Porque no debemos olvidar tampoco las consecuencias económicas que la guerra de Ucrania ha tenido y todavía está teniendo en el conjunto de los países de Europa y también de otros continentes: una disrupción grave en la cadena de suministros de hidrocarburos y de otras materias primas fundamentales como fertilizantes o cereales, un aumento desbocado de la inflación como consecuencia de la misma, llegando incluso a situar a algunos países de África en situación de hambruna, la subida salvaje de tipos de interés por parte del Banco Central Europeo como reacción que supuestamente buscaría frenar la escalada de precios pero que, sin lugar a dudas, provocó el aumento insostenible de millones de hipotecas de tipo variable en familias de clase media y clase trabajadora.

Mientras esta violencia económica se desplegaba contra la mayoría social, las empresas energéticas, los grandes supermercados y la banca, sin embargo, veían aumentar sus beneficios a niveles de récord gracias a la guerra. Por ello, no es de extrañar que la práctica totalidad del poder mediático al servicio de las oligarquías que se enriquecen con el conflicto y con la muerte decidieran colocarse desde el principio en modo propaganda de guerra y criminalizar a cualquiera que levantase la voz en favor de la paz.

En ese contexto, aquellas fuerzas políticas que entienden, como parte fundamental de su táctica y estrategia, que no deben confrontar con los poderes oligárquicos y mediáticos si quieren mantener su viabilidad electoral, decidieron o bien apoyar abiertamente los esfuerzos de guerra o bien ponerse de perfil ante la escalada bélica. En España, obviamente, el principal partido de la guerra durante estos años ha sido y es el PSOE —con la misma intensidad o incluso mayor con la que lo fue el PP de Aznar—, aceptando desde el primer momento enviar armas para calentar el conflicto y con una ministra de Defensa que despliega tal furor bélico que levanta aplausos constantes en la derecha y la extrema derecha mediática. Pero es importante también destacar que, en esta trayectoria política, el PSOE no ha estado solo. Ya desde la legislatura anterior, los sectores del gobierno de coalición que hoy se hallan integrados en Sumar, con Yolanda Díaz a la cabeza, apostaron por apoyar a Sánchez en este viaje con silencios tácticos o incluso con afirmaciones explícitas, como la reciente intervención televisiva de Mónica García diciendo que España "tiene unos costes de defensa que son bajos", y también con decisiones políticas de calado como la de integrar a la práctica totalidad de sus eurodiputados puestos de salida en el futuro grupo verde del Parlamento Europeo; un grupo en el cual el partido más fuerte serán los Verdes Alemanes, que no solamente apoyan firmemente a Israel en su operación genocida en la Franja de Gaza, sino que además son los que más esfuerzo bélico y armamentístico piden en Ucrania desde el gobierno alemán.

Aquellas fuerzas políticas que entienden, como parte fundamental de su táctica y estrategia, que no deben confrontar con los poderes oligárquicos y mediáticos si quieren mantener su viabilidad electoral, decidieron o bien apoyar abiertamente los esfuerzos de guerra o bien ponerse de perfil ante la escalada bélica

Dentro de este marco general que es el que lleva teniendo lugar desde el comienzo de la guerra en 2022, ayer conocíamos un nuevo desarrollo: por lo visto, en los próximos días, el presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, visitará Madrid para firmar con Pedro Sánchez un acuerdo entre España y Ucrania según el cual nuestro país se compromete a prestar a Kiev apoyo militar sostenido a largo plazo. Según lo filtrado por la Moncloa al periódico El País, el acuerdo comprometerá a España "a prestar a largo plazo asistencia militar, suministrar armamento, colaborar en el adiestramiento de sus Fuerzas Armadas, colaborar al desarrollo de la industria de defensa ucraniana o intercambiar información en las áreas de inteligencia y ciberseguridad". En otras palabras, el documento que va a rubricar Pedro Sánchez sitúa a España como un apoyo integral a Ucrania en los esfuerzos de guerra en un conflicto que no es otra cosa que una guerra entre Rusia y Estados Unidos en la cual el hegemón norteamericano utiliza a Ucrania como el estado proxy que pone los muertos que ellos no están dispuestos a poner y al conjunto de la Unión Europea como obedientes súbditos al servicio de los intereses de Washington, incluso aunque estos sean contrarios a los propios. En pocos días y si nadie consigue evitarlo, Pedro Sánchez estampará la firma de la presidencia del gobierno de España en un contrato que mete a nuestro país en una guerra entre dos potencias nucleares y que, por cierto, pretende puentear al Parlamento como ya hiciera el gobierno con el reciente aumento en el gasto armamentístico de más de 1000 millones de euros por la puerta de atrás.

Tamaña irresponsabilidad solamente sería explicable si tomamos como ciertos los insistentes rumores que indican que uno de los cargos internacionales que Pedro Sánchez estaría pretendiendo conseguir en corto plazo es el de Secretario General de la OTAN y, en todo caso, aunque fuera explicable, sería inconfesable.

La única posición decente y sensata que puede tener la potencialidad de frenar la sangría de muertos ucranianos y rusos y de contener la agresión económica a las clases trabajadoras del conjunto de los países de Europa es la apuesta firme y decidida por un alto el fuego y por las vías diplomáticas como un camino hacia una paz definitiva y duradera en el continente. Sin embargo, parece evidente que Sánchez y su gobierno han hecho una apuesta por la guerra. Por ello, la única forma de intentar conseguir la paz pasa por doblarles el brazo, y eso es una tarea que compete a toda la sociedad: a la ciudadanía organizada manifestándose en las calles, a los escasísimos medios de comunicación libres y de izquierdas denunciando la propaganda bélica y contando la verdad, y al conjunto de nuestro pueblo aprovechando la oportunidad que ofrecen las elecciones europeas del próximo 9 de junio para lanzar un mensaje claro a Sánchez y a sus aliados: "no a la guerra, no en nuestro nombre".

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