Cumbre del G7: ¡guerra, guerra, guerra!

El consenso bélico se ha evidenciado durante la cumbre del G7 que ha tenido lugar en Italia entre el 13 y el 15 de junio. En ella, invitados como Milei o Lula, organismos internacionales y el Papa han sido testigos de una consolidación del discurso bélico y del proyecto otanista de Estados Unidos
June 15, 2024, Fasano, Italy: The Italian Prime Minister Giorgia Meloni, has her speech at the final press conference at the end of the three days of G7 summit, in Borgo Egnazia. During the conference, hosted by Italian government, she talks about immigration, climate change, war in Ukraine, crisis in Middle East, artificial intelligence.,Image: 882058902, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: Pasquale Gargano / Zuma Press / ContactoPhoto
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La cumbre del G7, desarrollada en la adriática región de Apulia, en Italia, ha dado de sí varias claves en los campos militares, políticos y diplomáticos que involucran a los actores europeos y a invitados como Argentina o Brasil. El evento ha estado presidido por la presidenta del Consejo de Ministros de Italia, Giorgia Meloni, aupada internamente tras la primera posición de su partido, Fratelli d’Italia, en las elecciones europeas. Evidentemente, contó con la presencia de los mandatarios de los siete estados miembro y de la Unión Europea, pero también con numerosos invitados internacionales en América Latina (Argentina y Brasil), África (Unión Africana, Argelia, Túnez y Kenia), Oriente Medio (Jordania y Emiratos Árabes) y Asia Meridional (India) y, por supuesto, con Ucrania, gran protagonista del evento. También acudieron Turquía, El Vaticano y organismos supraestatales liderados por Washington como el FMI o el Banco Mundial.

Formalmente, el G7 agrupa a ocho grandes jugadores del bloque imperialista colectivo: Estados Unidos, jerarca mayor, y Canadá, Alemania, Francia, Italia, Reino Unido, Japón y la Unión Europea. La asociación ideológica entre los ocho actores, la profunda imbricación de sus intereses económicos y la importancia estructural de todos ellos convierte al organismo en una pieza importante del púzle de dominación internacional de Washington.

El consenso bélico

Pese a las divergencias intrabloque generadas por los vaivenes electorales de los estados miembro, en la práctica sus sistemas de partidos han asegurado durante décadas un lineamiento favorable a la estrategia general de Estados Unidos: roces como el referente al aborto entre Francia e Italia, si bien pueden agrietar algunos lazos, no ponen en riesgo los asuntos centrales del G7: ni el apoyo al estado de Israel ni la apuesta por un esquema militarista en el este de Europa están en discusión, como nítidamente ilustró la cumbre.

A pesar de las protestas de activistas climáticos en torno al recinto, la cumbre discurrió con normalidad y en ningún caso se trató el asunto de la crisis ambiental generada por el modelo productivo definido, sostenido y ensanchado, entre otros, por los actores del G7. Varios de los líderes, por cierto, acudieron a Apulia inmersos en complejos contextos políticos nacionales: Kishida, primer ministro de Japón, viajó a Italia en el preludio de los comicios prefecturales de Okinawa y con unas pésimas expectativas electorales de cara a 2025; Sunak y Macron afrontan elecciones generales en Reino Unido y legislativas en Francia, respectivamente: el primero carga con encuestas que predicen un resultado catastrófico para los conservadores, al tiempo que el segundo afronta con toda probabilidad un escenario de disputa entre el Frente Popular y la extrema derecha de Marine Le Pen en el que él quedaría duramente desdibujado.

En cualquier caso, el consenso bélico no fue puesto en riesgo a pesar de la difícil situación interna de algunos de los mandatarios. El acuerdo bilateral de seguridad entre Kiev y Washington, que robustece la subordinación del enclave ucraniano a los planes generales de Estados Unidos en Europa, da buena cuenta de ello. La OTAN, que ha consagrado en la cumbre su búsqueda de una mayor coordinación de la ayuda occidental a Ucrania, seguirá siendo un sostén decisivo de la guerra en el continente, extendida en mayor medida tras el acuerdo de enviar ayuda cifrada en torno a cincuenta mil millones de dólares que el bloque occidental otorgará a Kiev y que serán garantizados, para más inri, con los activos rusos que los países occidentales congelaron tras la invasión.

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Rusia, que ha asegurado que la decisión de emplear los activos rusos es “un robo” que “no quedará impune”, aprovechó el contexto de la cumbre para clarificar sus condiciones para un alto el fuego: que las tropas ucranianas abandonen los oblast de Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiya, por un lado, y que Ucrania mantenga una postura “neutral” tras la paz: es decir, que actúe como tapón entre la OTAN y Moscú, en lugar de como punta de lanza del bloque estadounidense en Europa del Este. Como sea, las exigencias caen en saco roto: a pesar de que Biden ha reiterado que Estados Unidos no pondrá boots on the ground en territorio ucraniano, su postura geopolítica respecto a Kiev es invariable: impulsará que Ucrania desarrolle reformas que le acerquen todavía más a la OTAN y a la Unión Europea.

Guerra, guerra y guerra; no pareció haber más opciones entre los miembros del G7 durante la cumbre. El escasamente fundado “miedo” a que Rusia ─incapaz durante dos años de tomar el territorio ucraniano y encallada en varios frentes─ avance en otros países europeos parece legitimar el relato belicista sin el cual no sería posible la remilitarización de Europa por la que apuesta Washington, primero, y los actores europeos, después. Por supuesto, la presión diplomática sobre China usando como pretexto la guerra en Ucrania estuvo presente: al fin y al cabo, ningún asunto de coyuntura nubla la prioridad estratégica de Estados Unidos, el Asia-Pacífico.

La paz de Lula y la subordinación de Milei

Lula da Silva, presidente de Brasil, trajo a la cumbre una idea que parece tornarse radical en el marco guerrerista de los actores de la cumbre: la búsqueda de la paz a través de la diplomacia. El mandatario latinoamericano puso sobre la mesa, no obstante, un diagnóstico tan pesimista como correcto: “ni Putin ni Zelensky están hablando de paz”. Ni Kiev ni Moscú ven la victoria o la derrota lo suficientemente lejos o cerca como para tener alicientes severos para negociar.

El sostenimiento del esfuerzo de guerra ucraniano a través de la ayuda occidental permite expandir una situación de masacres sin apenas avances que imposibilita las negociaciones, en parte por un error de diagnóstico sobre la voluntad estratégica de Rusia, que difícilmente busque siquiera llegar al Dniéper, pero que según algunos líderes europeos se proyecta en los Bálticos y en otros puntos del continente más allá de Ucrania. Lula se ofreció para mediar ─“no tengo problema en viajar primero a Ucrania y luego a Rusia”, dijo─ e insistió en que, al tiempo que “hay países en el Sur Global que queremos encontrar la paz”, “el Norte Global no lo está logrando”.

Latinoamérica mostró durante la cumbre dos caras radicalmente opuestas: por un lado, la izquierda institucionalista pro diplomacia de Lula da Silva y, por el otro, el occidentalismo belicista de un Javier Milei que, invitado por Meloni, escenificó junto a la líder italiana la amistad ideologizada de dos de las principales figuras mediáticas de la ola de derechas radicales en Occidentes. El viaje del presidente de Argentina coincidió con su relativo éxito legislativo en torno a la Ley Bases, que habilita el desgüace del país del que se habrán de beneficiar, fundamentalmente, grandes capitales europeos y estadounidenses.

De hecho, en la cumbre del G7 Milei ha recibido una suerte de “bautismo” internacional como jefe de Estado. Hasta ahora, los viajes del presidente argentino habían estado señados por un eminente protagonismo de su figura personal ideológico-religiosa. Ya fuera volando a Israel, España o Estados Unidos, su presencia más allá de las fronteras argentinas había buscado consolidar su liderazgo como parte del entramado ultraderechista occidental.

En este caso, Apulia no ha sido testigo de su inherente afán de protagonismo, sino de la desesperada urgencia que el Ejecutivo argentino tiene de que lleguen al país inversionistas internacionales que quieran beneficiarse del proceso privatizador y desregulación de La Libertad Avanza. Dichas inversiones, no obstante, no están llegando por la escasa confianza que genera la relación entre Milei y los poderes legislativos; sin duda, la naturalización de su proyecto “anarcocapitalista” va en esa dirección: a Meloni y otros líderes les interesa que Milei conserve opciones políticas en las elecciones legislativas de 2025 y, ante todo, en las presidenciales de 2027; para ello, es menester que el líder “libertario” pueda mostrar al menos retóricamente éxitos económicos. Sin duda, sus reuniones bilaterales en la cumbre y sus encuentros con empresarios europeos y estadounidenses apuntan en esa línea.