Taiwán: nuevo presidente, misma adhesión a Estados Unidos

El oficialista Partido Democrático Progresista ha revalidado la presidencia de la isla de Taiwán. Lai Ching-te es el sucesor de la saliente presidenta Tsai y se espera que con él, continúen las avanzadas anticomunistas de la isla y se fortalezca todavía más el vínculo con Washington
January 9, 2024, Taipei, Taipei, Taiwan, China, Republic Of China: Taiwan Vice President and Democratic Progressive Party presidential candidate William Lai (L) and  and his running mate Hsiao Bi-khim, vice president candidate wave to the press at the end of press conference in Taipei, Taiwan on 09/01/2024 by Wiktor Dabkowski,Image: 835348703, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: Wiktor Dabkowski / Zuma Press / ContactoPhoto
El presidende de Taiwán, William Lai, con la vicepresidenta Hsiao Bi-khim — Wiktor Dabkowski / Zuma Press / ContactoPhoto

Tras las elecciones presidenciales y legislativas en Taiwán, el oficialismo ha conservado el poder ejecutivo a través de la victoria de Lai Ching-te. Quien fuera vicepresidente de la presidenta saliente Tsai Ing-wen asume hoy no solo el cargo de máxima responsabilidad política en el país, sino también el liderazgo de facto del Partido Democrático Progresista (DPP) y, por extensión, del espacio político taiwanés que rechaza cualquier política que se parezca a un acercamiento con la China continental. De hecho, por contra, el presidente Lai defenderá el reforzamiento del vínculo Taipéi-Washington, crucial para la estrategia imperialista de Estados Unidos en Asia-Pacífico que pone el foco en la cadena de presiones e injerencias contra Pekín. Por supuesto, las relaciones con el gobierno chino y con el Partido Comunista de China continuarán la senda de la confrontación durante los próximos años. En simultáneo, el principal partido de la oposición, el Kuomintang (KMT), favorable a acercamientos con el gobierno de la China continental —desde la perspectiva del nacionalismo chino, en oposición al identitarismo taiwanés del DPP y a su defensa del “hecho diferencial” de la isla con respecto al resto de China— habrá de reformular su estrategia tras haber obtenido su tercera derrota consecutiva desde el año 2016.

Taiwán fue un importante enclave del Imperio del Japón como parte constitutiva de la China ocupada por Tokio a lo largo de la primera mitad del siglo XX. La isla no solo jugó un papel relevante en lo que refiere a “aportar” recursos naturales y fuerza laboral para la explotación imperialista, sino que ejerció como una de las bases operacionales para la invasión de Filipinas. La liberación de China del imperialismo nipón se dio en simultáneo de la guerra civil entre los comunistas y el nacionalismo conservador del Kuomintang que se saldó con la victoria del Partido Comunista en 1949 y que desencadenó la proclamación de la República Popular de China. Tras la derrota del eje anticomunista, el grueso del Kuomintang ocupó la isla de Taiwán, la gobernó bajo el mando de Chiang Kai-shek y defendió, desde ese particular “exilio”, que ellos eran el gobierno legítimo de toda China. Desde entonces, la cuestión de la integridad territorial post liberación ha sido un asunto central de la política en China; el gobierno en Pekín sostiene sin titubeos que China comprende irrestrictamente la zona continental del país, los espacios semi autónomos (como Hong Kong o Macao) y, por supuesto, la isla de Taiwán. Este es el marco diplomático —una sola China— que Pekín proyecta hacia el mundo.

En 1992, el gobierno en la práctica de la isla de Taiwán —por aquel entonces, del Kuomintang— y el gobierno de China conformaron el Consenso de 1992, un marco conceptual no oficial por el que ambas partes reafirman la unidad de destino nacional al tiempo que reconocen la profunda discrepancia ideológica entre los dos partidos de gobierno. No obstante, desde 2016 el gobierno de Taiwán —en mandato otorgado por las urnas— viene rechazando este consenso. El DPP, que ha gobernado desde ese año, propone una mirada occidentalista, un progresismo liberal asemejable al del Partido Demócrata estadounidense sostenido en la retórica del antiautoritarismo —en alusión negativa al gobierno de la China continental—. El KMT hereda aspectos centrales de las tesis de Sun Yat-sen y se rige, ante todo, por el nacionalismo chino y el tradicionalismo, rechazando la retórica del “hecho diferencial” del DPP. En este sentido, es un hecho crucial que Taiwán, como sujeto político internacional, nunca ha proclamado algo parecido a una “independencia”, por cuanto nunca ha dejado de defender que es, simplemente, una suerte de gobierno legítimo en el exilio sobre la totalidad de China.

Con la llegada al Ejecutivo taiwanés de Chen Shui-bian en 2000, concluyó la etapa de gobiernos ininterrumpidos (primero, militares y, después, democrático-liberales) del Kuomintang. Esos ocho años (2000-2008) fueron la primera experiencia de gobierno del DPP y constituyeron una etapa en de grandes cambios en las relaciones entre el gobierno de China y las autoridades de la isla de Taiwán; en 2005, de hecho, Pekín aprobó la Ley anti secesión que abre las puertas a un eventual empleo de la fuerza contra eventuales avanzadas “secesionistas” en Taiwán. Las relaciones mejoraron de nuevo entre 2008 y 2016 con la vuelta al gobierno del KMT de la mano de Ma Ying-jeou, pero volvieron a quebrarse cuando en 2016 Tsai Ing-wen, del DPP, se hizo con la presidencia. La presidenta Tsai incendió los vínculos entre ambos al rechazar enérgicamente el consenso de 1992 que había regido durante más de dos décadas los frágiles equilibrios en la región. Durante su mandato, no solo la diplomacia ha empeorado sustancialmente, sino que la militarización del estrecho de Taiwán se ha consolidado.

El DPP busca romper con la línea del identitarismo chino que el Kuomintang promulgó durante varias décadas en la isla para avanzar en una agenda independentista que consolide a la isla en el plano internacional como un nuevo país: la República de Taiwán. Este planteamiento, de hecho, ocurre en paralelo a la pérdida de reconocimiento internacional, por cuanto ya la práctica totalidad de los estados del mundo mantienen relaciones diplomáticas con la República Popular en lugar de con Taiwán. Tal es así que, durante el período de redacción de esta nota, un nuevo país —Nauru, bajo la recién estrenada presidencia de David Adeang— se ha sumado a la creciente lista de estados que dejan de reconocer a Taipéi para reconocer exclusivamente a Pekín. Por ahora, solo doce estados continúan reconociendo a la isla como un gobierno soberano legítimo, la mayoría de ellos en la región de Centroamérica y el Caribe: Belice, Guatemala, Haití, San Cristóbal y Nieves, Santa Lucía y San Vicente y las Granadinas, además de Paraguay, Suazilandia, Islas Marshall, Palaos, Tuvalu y el Vaticano. El soberanismo taiwanés del DPP ha ganado ya tres elecciones consecutivas, aunque en esta ocasión no ha obtenido la mayoría en el Yuan Legislativo, lo que obligará al partido a sostener una compleja relación desde el Ejecutivo en relación al Congreso.

El nacionalismo taiwanés de corte anti China continental no puede comprenderse en su gran complejidad sin aludir a las íntimas relaciones que la isla ha sostenido con Estados Unidos durante los años de gobierno del DPP. Washington, que desplegó una densa estrategia anticomunista en múltiples puntos del globo durante la segunda mitad del siglo XX, no perdió la oportunidad de convertir la isla de Taiwán en uno de sus enclaves en Asia-Pacífico. Como en Corea, Estados Unidos apoyó financieramente a Taiwán para que pudiera llevar adelante su “milagro” capitalista, a cambio de convertir a este territorio en una base de operaciones militares en la práctica bajo la excusa de la protección de los taiwaneses frente a la amenaza comunista. Ideológicamente, además, Taiwán venía a ser una contención frente al efecto dominó temido por las administraciones estadounidenses; es decir, que el marxismo siguiese extendiéndose por las periferias oprimidas del sistema-mundo capitalista cuyas clases trabajadoras se agrupaban en muchos casos en organizaciones para la liberación nacional de orientación marxista. Tanto con Trump como con Biden, las relaciones entre ambos gobiernos han sido de profunda amistad, por cuanto casan dos intereses complementarios: las autoridades socioliberales taiwanesas desean, eventualmente, independizarse de la nación china y conformar un nuevo estado-nación sobre la base de la retórica anticomunista; Estados Unidos, por su parte, necesita consolidar sus bases y alianzas en la región -Taiwán, Corea del Sur, Japón, Filipinas, Australia, etc.- para reforzar su estrategia del “Pivot to Asia” destinada a desestabilizar a China, al tiempo que delega en sus subordinados el dominio imperialista en regiones como Oriente Medio. Como sea, Taiwán es una pieza central del ajedrez en Asia-Pacífico y de la estrategia del eje imperialista liderado por Estados Unidos y, en este sentido, la victoria del presidente Lai y del DPP es una mala noticia para la seguridad internacional.

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