La ofensiva de Angelucci para crear un polo mediático de ultraderecha en Italia

Antonio Angelucci es el nuevo nombre que hay que apuntar en las agendas. Empresario de la sanidad privada y de otros sectores, político y parlamentario y hoy, cada vez más, magnate de los medios de comunicación
Antonio Angelucci — Cecilia Fabiano / Zuma Press / ContactoPhoto

“La idea de crear una agencia latinoamericana no es por cierto original. [...] Nosotros, que sufrimos el monopolio de las noticias, de la información, de la opinión pública que creaban las agencias yanquis, o el de la no información, el ocultamiento y la distorsión, sentimos también la necesidad de crear una agencia noticiosa” (Masetti).

Así explicaba el argentino Jorge Masetti el sentido de la creación de la agencia de prensa "Prensa Latina" en La Habana. Fundada en junio de 1959, apenas seis meses después del triunfo de la Revolución cubana, respondía a la necesidad de disputar el relato de lo que ocurría en Cuba y en el mundo. Dicho de otra manera, fue una herramienta de batalla ideológica en el campo de la comunicación y la información.

Más de sesenta años después, encontraremos a los herederos de aquella lección, paradójicamente, en el campo de la extrema derecha. Si en Estados Unidos el modelo Fox News se impuso sobre todo desde principios de la década de 1990, en Francia asistimos ahora al ascenso del empresario Vincent Bolloré, accionista mayoritario del gigante Vivendi, con la construcción de un polo mediático que con su prensa y su CNews (la segunda cadena de noticias más vista en Francia) promueve las ideas preferidas de la ultraderecha política: defensa de las fronteras, del capital, de la propiedad; identificación del enemigo en los migrantes, en los habitantes de las ciudades de la periferia; orden y disciplina; fake news para hartarse.

El laboratorio italiano de la ultraderecha política dirigida por Meloni no podía ser menos. Antonio Angelucci es el nuevo nombre que hay que apuntar en las agendas. Empresario de la sanidad privada y de otros sectores, político y parlamentario y hoy, cada vez más, magnate de los medios de comunicación.

A decir verdad, Angelucci de nuevo tiene poco. Nacido en 1944 en un pequeño pueblo de provincias, empezó a trabajar como portero en el Hospital San Camilo de Roma. Allí su vida dio un giro. Ingresa en un consorcio que adquiere una residencia de ancianos en Velletri. Fue el primer paso de un ascenso que a día de hoy parece imparable. Hasta 22 centros sanitarios privados de su propiedad, 3.500 camas, hasta 4.000 empleados, un millar de médicos.

La sanidad privada va viento en popa, debido también a la destrucción de la sanidad pública, promovida activamente por muchos de los gobiernos que Angelucci ha apoyado en su cargo de diputado de la República (con un récord de ausencias en la Cámara de Diputados, que han llegado al 99,8 por cien). De hecho, se encuentra en su cuarta legislatura como diputado. Ingresó en el Palacio de Montecitorio en 2008, elegido en las listas de Forza Italia de Berlusconi y, desde las últimas elecciones de 2022 se sienta en los escaños de la Lega de Salvini.

En los últimos años Angelucci ha diversificado sus inversiones, empezando por el sempiterno ladrillo. Todo ello bajo el paraguas de la sociedad matriz de la familia, TOSINVEST (acrónimo de las iniciales Tonino y Silvana, apelativo de Angelucci y nombre de su primera esposa, respectivamente). A su vez, la sociedad financiera está controlada por una sociedad luxemburguesa, Tree S.A., porque, como sabemos, la ultraderecha puede ser "soberanista", pero prefiere (no) pagar impuestos bajo otra bandera.

La “Tree S. A." controla también Tosinvest Editoria, que a su vez controla periódicos locales (Corriere dell'Umbria) y tres importantes diarios de ámbito nacional: Libero, Il Tempo y, recientemente, también el periódico que antes pertenecía a la familia Berlusconi, Il Giornale.

Sin embargo, Angelucci no parece tener la intención de detenerse y ha puesto sus ojos en la segunda agencia de noticias de Italia, AGI, ahora propiedad de ENI, el gigante de la energía fósil.

La carrera ascendente de Angelucci puede contar con el apoyo del poder político. Quien decidirá sobre la venta de AGI será, de hecho, el propietario de la agencia de noticias, es decir, el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), que la controla a través de ENI, una empresa propiedad del MEF. ¿Quién dirige hoy el MEF? Giancarlo Giorgetti, miembro destacado de la Lega, el partido con el que se presentó como candidato y fue elegido Angelucci.

Asimismo, la operación contaría con el favor de Fratelli d'Italia y de la propia Meloni. Los enterados consideran plausible la hipótesis conforme a la cual el director sería Mario Sechi, antiguo director de la propia AGI antes de convertirse en portavoz de la primer ministro Meloni. Un cargo que ocupó durante unos meses, antes de volver a su trabajo actual: editor de ese mismo diario Libero, que es propiedad de la fundación San Raffaele, que remite a Angelucci y que recibe cada año alrededor de 3 millones de euros de fondos públicos para su publicación.

Así, pues, de llegar a buen puerto la compra de AGI por parte de Angelucci, tendríamos un polo mediático, un megáfono de la ultraderecha política y económica, que podría operar codo con codo con gigante televisivo de derechas desde hace décadas: la Mediaset de la familia Berlusconi, propietaria de tres cadenas de televisión que marcan índices de audiencia iguales o incluso superiores a las tres cadenas de la televisión pública, la RAI.

De esta suerte, se cerraría el círculo. Desde luego, el objetivo es ambicioso.

Producción de noticias a través de la agencia de noticias —amplificación y comentario de las mismas— a través de los periódicos y las cadenas de Mediaset —construcción sobre esta base de un "sentido común"—, intervención política de la mayoría parlamentaria y del gobierno Meloni.

No es ni más ni menos que la síntesis de un proyecto político-económico-mediático que reconoce en los medios de comunicación una herramienta indispensable para la construcción de la "hegemonía".

Pero la cosa no acaba ahí. Porque, gracias también a las reformas que llevan la firma de centro izquierda (en tiempos del gobierno del PD encabezado por Matteo Renzi), hoy más que nunca el ejecutivo también puede controlar la televisión pública. Es el ejecutivo el que nombra y designa, y ya no el Parlamento. Y el gobierno Meloni no ha tenido remilgos en colocar a sus propios hombres en puestos clave de la RAI. No solo eso: en los últimos días, varias enmiendas de parlamentarios vinculados a Fratelli d'Italia han lanzado una ofensiva sobre el tiempo al que tendrán derecho los candidatos en la RAI durante la campaña de las elecciones europeas del 8 y 9 de junio. El objetivo es garantizar más minutos de emisión a los candidatos de la mayoría parlamentaria y del Gobierno, tanto cuantitativa como cualitativamente (el prime time vale más que un programa nocturno, pero de momento el sistema de "par condicio" vigente en la RAI no contempla diferencias sustanciales en los tiempos de aparición de los distintos candidatos).

La arremetida de Angelucci y la ultraderecha ha tenido la virtud de sacar de su letargo a la oposición parlamentaria. Incapaces abordar el "conflicto de intereses" de Berlusconi durante los largos 30 años de poder berlusconiano —tanto en el gobierno como en la oposición—, en los últimos días todos los representantes del centro izquierda han participado en las manifestaciones convocadas por los empleados de AGI, en huelga porque están preocupados por la posible venta de la empresa, que consideran una amenaza para la imparcialidad de la agencia y para la libertad de prensa.

Algunos han advertido del peligro de una deriva similar a la de la Hungría de Orban, señalando cómo el proceso de concentración mediática en curso en Italia se parece al que ya está en marcha en Hungría: en Budapest, hombres cercanos al presidente han llegado a controlar cerca del 90 por cien de los medios de comunicación, con la creación de una fundación mediática que agrupa más o menos 500 sitios de noticias en Internet, periódicos locales, radios y canales de televisión, que actúan como megáfono de la propaganda de Orban.

La solución propuesta por el centro izquierda y el progresismo mediático —en gran parte propiedad del grupo GEDI, controlado por la familia Agnelli-Elkann— no se sale de los cauces liberales tradicionales: una concentración excesiva distorsiona los mercados y, por lo tanto, debe evitarse. En el ámbito editorial, la concentración de medios puede socavar el pluralismo y, por lo tanto, el derecho a una información correcta. En el caso concreto de la posible venta de la agencia AGI a Angelucci, la propuesta del centro izquierda es impedirla. Para conseguirlo, los representantes del PD han apelado también a las instituciones europeas, que se han reservado el derecho de pronunciarse tras estudiar detenidamente el expediente.

Así, pues, la solución del centro izquierda y los progresistas dejaría todo como está. Sin embargo, el problema es que la realidad en la que vivimos es la de un pluralismo que se restringe cada vez más bajo los golpes de la ultraderecha, pero que, para ser sinceros, hoy ya no funciona. Porque es, en el mejor de los casos, un pluralismo completamente exclusivo de las clases dominantes.

A este respecto, resulta elocuente la venta del histórico periódico Il Secolo XIX, que pasará de manos del grupo GEDI a las de Mediterranean Shipping Company (MSC), un gigante de los cruceros, propiedad de la italiana Aponte, pero con sede fuera de Italia, en Suiza para ser exactos.

Tal vez sea una casualidad, pero Il Secolo XIX es el periódico que se publica desde hace 138 años en Génova, es decir, en la ciudad que alberga el principal puerto de Italia, y está a punto de ser comprado por la mayor naviera del mundo. Imaginemos que todo esto ocurre bajo la bandera del pluralismo informativo.

Lo que falta no es la posibilidad de que los grandes grupos de poder económico y financiero adquieran y conquisten el poder mediático; lo que falta (salvo raras y encomiables excepciones) es el punto de vista y la visión de las clases subalternas.

Para que tengan voz, no basta con dividir el latifundio mediático en parcelas más pequeñas pero que seguirán siendo propiedad de unos pocos grandes grupos. Lo que hace falta es una reforma sistémica que, habida cuenta de la centralidad del terreno de la batalla de las ideas, permita finalmente que las clases trabajadoras tengan una alternativa que no pase por ser hinchas de los diferentes equipos de la liga mediática del poder político y económico.

En el caso italiano, la RAI no debe ser un instrumento de los intereses de tal o cual grupo de poder, sino una expresión de la pluralidad de posiciones que existen en el seno de la sociedad. Al mismo tiempo, no es suficiente un marco normativo que garantice formalmente el pluralismo informativo y la posibilidad de la iniciativa privada. Porque sin poder económico, poner en marcha un proyecto de comunicación de alcance nacional, ya sea un periódico, una radio o una televisión, es en la práctica imposible. Adquirir una frecuencia, utilizar los canales de distribución nacionales no es ninguna hazaña. Para que sea un derecho sustantivo, es necesario que el Estado desempeñe un papel activo en la financiación de la construcción de canales "comunitarios", es decir, canales hechos por y para organizaciones populares cuya voz está hoy prácticamente ausente del debate mediático.

Traducción: Raúl Sánchez Cedillo

Nada de esto sería posible sin suscriptores