Victoria Prego, la periodista que no deberíamos ser

Su serie documental sobre la Transición es un documento gráfico magnífico, además de para dormir la siesta, para darse cuenta de que los bulos, la desinformación, las medias verdades y las fake news no son un invento nuevo

Parafraseando al economista José Luis Sampedro, existen dos clases de periodistas: los que quieren hacer más ricos a los ricos y los que quieren hacer menos pobres a los pobres. Victoria Prego de Oliver y Tolívar (Madrid, 1948) estuvo siempre en el primer bando. Hija de las élites franquistas, trabajó siempre para el poder, para el relato oficial, para la hagiografía de los dueños de todo.

Su padre, Adolfo Prego de Oliver y Domínguez, fue un periodista franquista que realizó casi toda su trayectoria como crítico en el suplemento cultural del periódico de la grapa, en ABC. Su hermano, Adolfo Prego, fue magistrado del Supremo, vocal del Consejo General del Poder Judicial, juez ponente que impulsó la expulsión de la carrera judicial de Baltasar Garzón por atreverse a investigar los crímenes del franquismo, abogado de María Dolores de Cospedal y hasta patrono de la Fundación para la Defensa de la Nación Española, chiringuito germen de Vox conectado con Manos Limpias.

Con estas conexiones sanguíneas, Victoria Prego no podía ser otra cosa que la cronista oficial del postfranquismo. Nunca disimuló ni escondió a quién le debía servidumbre, aunque, como buena señora educada con la soberbia con la que se educaban a las clases altas durante la dictadura, presumía de ser una periodista libre, independiente y sin amo.

Cuando, durante una entrevista en 1995 con Adolfo Suárez, éste le confesó con el micrófono apagado que no hizo un referéndum sobre la jefatura del Estado durante la Transición porque las encuestas decían que ganaba la opción republicana, a Prego se le oye decir en los brutos de la entrevista: “Claro, eso era peligrosísimo”.

Finalmente, esa revelación de Adolfo Suárez vio la luz dos décadas después, justo cuando los nietos de la dictadura andaban haciendo un 15M para romper con las imposiciones del Régimen del 78, con el bipartidismo y señalaban con nombres y apellidos a cortesanos como Victoria Prego, culpables de haber llevado a este país a la amnesia colectiva.

Su serie documental sobre la Transición, su obra más premiada que realizó durante cinco años, es un documento gráfico magnífico, además de para dormir la siesta, para darse cuenta de que los bulos, la desinformación, las medias verdades y las fakes new no son un invento nuevo.

La serie documental sobre la Transición de Prego es un monumento al periodista que no deberíamos ser. En sus trece capítulos, no existe un solo episodio donde aparezcan los cerca de mil militantes por la democracia que perdieron su vida entre 1978 y 1983 por la ultraderecha y por las fuerzas policiales del Estado, donde jamás se hizo una limpieza democrática.

Como presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid, nido de cronistas postfranquistas, en lugar de salir a defender el derecho a la información, Prego se posicionó contra Podemos por denunciar el uso del lawfare para destruir su honorabilidad

La vida ha querido que Prego haya visto con sus ojos la impugnación del relato modélico de la Transición y el desprecio social a un poder mediático que trabaja para hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, pero sobre todo trabaja para aislar a quienes no aceptan ejercer de cortesanos. A los anales de la degradación del periodismo pasará su defensa de las informaciones publicadas contra Podemos, dentro de la veintena de causas judiciales abiertas contra los morados desde 2014. Todas archivadas.

Prego ha muerto justo cuando el lawfare se ha puesto de moda y es imposible esconder que en este país ha habido periodistas que se han dedicado a publicar informaciones falsas sobre adversarios políticos para llevarlos a la muerte civil. Como presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid, nido de cronistas postfranquistas, en lugar de salir a defender el derecho a la información, Prego se posicionó contra Podemos por denunciar el uso del lawfare para destruir su honorabilidad.

Sin embargo, a quien siempre defendió Victoria Prego es a su gran amigo Juan Carlos de Borbón, a quien le tejió un relato de padre de una Transición modélica, pacífica y democrática y ocultó sus sinvergonzonerías y múltiples casos de corrupción. En el final de su carrera, Prego pasó a trabajar en El Mundo, periódico del que llegó a ser subdirectora cuando dedicaba páginas y páginas a la teoría de la conspiración, a negar las sentencias que decían que la autoría de los atentados del 11M era del islamismo y no de ETA.

Para que quedara claro el amor por la mentira de Prego, llegó a prologar el libro ‘11M, la venganza’, escrito por Casimiro García-Abadillo, que dedica las 351 páginas de su ensayo a merodear por la sospecha sobre el origen del atentado, sin importarle el dolor causado a las familias de las 192 víctimas mortales.

Tras la marcha de Pedro J. Ramírez de El Mundo, Prego se fue con Casimiro García-Abadillo de subdirectora a El Independiente. En este nuevo periódico digital se pueden leer innumerables artículos de los últimos años de su vida, donde deja claro que para ella el periodismo no es un oficio noble para hacer menos pobres a los pobres. Prego es la periodista mascota del poder por excelencia, por eso la unanimidad en los obituarios que la despiden como símbolo de la Transición.  

En esta línea panegírica, acrítica e impropia de un medio público, los informativos de TVE han despedido a Victoria Prego diciendo que “el periodismo libre queda ahora un poco más huérfano”. Las muertes se lamentan, pero la muerte no blanquea una biografía. Por muy bien que se entierre en España y por poco habituados que estemos a llamar a las cosas por su nombre.  

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