Las fuerzas motrices de la República

En el campo económico, la República nacía bajo el crack del 29, la hiperinflación atenazaba a las clases populares, la peseta se devaluó un 30%, con la pérdida de poder adquisitivo que eso significaba y el paro afectaba a medio millón de trabajadores en 1931
Lito Lizana / Zuma Press / ContactoPhoto

La Segunda República española llegó en un contexto europeo tempestuoso: el auge de las extremas derechas en Europa se aunaba con el rearme acelerado, tanto de los países derrotados en la Primera Guerra Mundial como de los victoriosos, que no escatimaban guerra colonial alguna, mientras las izquierdas europeas mordían el polvo una y otra vez.

Sin embargo, en el 12 de abril de 1931 una espectacular victoria en las elecciones municipales coronaba las huelgas del movimiento obrero del año pasado poniendo fin a la brutal dictadura militar de Primo de Rivera. ¿Qué había pasado? El movimiento obrero había salido de su largo sueño y había hecho sentir su peso en el país haciendo estallar la monarquía en el proceso. Lo que nunca consiguieron entender los republicanos de salón era que el verdadero proceso constituyente republicano no se dirimía en el Congreso sino en el hambre de tierras y la ocupación de fincas, en los derechos sociales de los obreros y en el antimilitarismo popular. Pan, paz y tierra resonaban en España con acento soviético.

El Octubre republicano

Cuenta León Trotsky en su monumental Historia de la revolución rusa, traducido por cierto por Andreu Nin, que las tres divisas tradicionales de los bolcheviques rusos consistían en: la república democrática, la confiscación de la tierra y la jornada de ocho horas. La particularidad de estos republicanos rusos, a diferencia de otros sectores políticos, es que consideraban que: «Sólo el proletariado y los campesinos, estrechamente aliados, podían llevar hasta sus últimas consecuencias la revolución democrática contra la monarquía y los terratenientes».

En el contexto explosivo de la Primera Guerra Mundial la lucha por la paz se sumaba de forma instantánea a este elenco elevándola, de hecho, a la principal, y más importante, reivindicación de clase. La caída del zar en la revolución de febrero de 1917 aupó al poder a la derecha republicana rusa primero, con el príncipe Lvov, y luego al progresismo republicano encabezado por Kerenski. La primera revolución, la de febrero del 17, planteó los problemas para el nuevo régimen democrático pero los sucesivos gobiernos se negaron a afrontarlos: los gobiernos provisionales de Lvov y Kerenski continuaban el esfuerzo de guerra a cualquier precio, la reforma agraria se atascaba en comisiones parlamentarias recónditas, y el movimiento obrero seguía reprimido como bajo el zarismo. La segunda revolución, la de Octubre, resolvió todos los problemas planteados por la revolución democrática que había estallado el 23 de febrero (8 de marzo en el calendario gregoriano), Día Internacional de la Mujer.

Los millones de campesinos que abandonaban en masa el frente para ocupar las tierras de los nobles y los trabajadores urbanos que hacían huelga para constituir los soviets, se convertían así en las fuerzas motrices imprescindibles de la República. De todo el movimiento obrero sólo los bolcheviques habían hecho gala de un «jacobinismo heroico», que decía Trotsky, para defender la República de la paz, la tierra y el pan, mientras otros sectores, como los mencheviques, cedían al belicismo y al postergamiento de las reformas sociales.

De hecho, ahí residía la gran diferencia con los mencheviques desde 1905 cuando Rusia se vio sacudida por grandes huelgas de masas y el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia celebró su tercer congreso. Paradójicamente, justo cuando el movimiento obrero le doblaba el brazo al zar una parte de la izquierda se acobardaba. Por ello, Lenin exponía dos caminos posibles en Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática (1905): uno, consistente en ahogarse en todo tipo de conciliaciones con el régimen —como «una especie de momias petrificadas que sub specie aeternitatis examinan la cuestión desde el punto de vista plusquamperfectum» que diría mordazmente Lenin—, el otro, consistía en ajustar «las cuentas al zarismo a la manera jacobina o, si queréis, plebeya», lo que para el Robespierre ruso significaba: «dar consignas e indicaciones prácticas para la lucha por la república y para la participación más enérgica del proletariado en esta lucha».

En España, solo Joaquín Maurín vio con claridad los problemas planteados por la revolución democrática de abril y por ello postula una segunda revolución que cortara el nudo gordiano legado por la monarquía, tal y como habían hecho los bolcheviques.

Bolcheviques de Abril

Pan, paz y tierra, eran los rumores que recorrían el nervio de las clases obreras y campesinas. El corrompido régimen de la Restauración, legado por el golpe de Estado contra la Primera República, había necesitado una dictadura militar para defender sus privilegios. En España la Monarquía había invitado al fascismo a tomar el poder el 13 de septiembre de 1923. El modelo italiano de Mussolini rondaba en las cabezas pensantes de la oligarquía, especialmente en Francesc Cambó en su libro Entorn del Feixisme Italià (Editorial catalana, 1924). En esta obra el Rasputín de Besalú aconsejaba a Primo de Rivera que tomase nota de la obra de Mussolini:

«Allí donde encuentra la justificación de su poder, la fuerza incontrastable de su autoridad, es en las 300.000 camisas negras, en la flor de la juventud italiana, regimentada en las escuadras fascistas que en momentos de cobardía y de abstención del Poder público fueron la expresión del alma heroica de la raza y, aceptando voluntariamente una disciplina de hierro, supieron luchar y supieron morir» (Entorn del Feixisme Italià, p. 12)

El admirador del fascismo italiano sabía de lo que hablaba. Puesto que el motivo fundamental de la dictadura lo habían traído Annual y La Canadenca: la primera era una victoria de los guerrilleros rifeños de Abd-el-Krim sobre el ejército español, la segunda era la conquista de la jornada de las ocho horas por el movimiento obrero organizado de Barcelona. El mensaje era claro: el ejército podía ser vencido, la burguesía podía ser aplastada. Contra los primeros se emplearía el gas mostaza y la guerra química sin piedad: en noviembre de 1921 Cambó cerraría, como ministro de economía, un contrato secreto con la Reichswehr para la compra de gas mostaza que se emplearía en grandes cantidades, hasta 470 toneladas, sobre Marruecos y el Rif para castigar colectivamente a su población. Contra los segundos, se desataría una guerra sucia con escuadrones paramilitares, formados por las heces carlistas y mercenarios de toda ralea, financiados por la patronal Foment del Treball. El asesinato de los líderes republicanos, como Layret, y obreros, como el dirigente de la CNT Salvador Seguí, serían el punto de partida del programa económico de la dictadura: que se encargaría de reducir un 20% los salarios, incrementaría la jornada laboral, y el ritmo de trabajo, y devaluaría un 40% la peseta.

La victoria militar de Alhucemas y el aplastamiento del movimiento obrero serían las bases de la dictadura militar. Lo cual planteaba a su vez los factores constituyentes de la República: la paz y la descolonización de Marruecos, y el Rif, y una transformación social profunda en España. La monarquía protegida por el sable de Primo de Rivera era además el sustento de todo un régimen económico. Por ello, el dirigente comunista Joaquín Maurín había señalado en su libro de 1931 La revolución española. De la monarquía absoluta a la revolución socialista que: «La Monarquía española al descomponerse, al agrietarse, crea la posibilidad del triunfo de la revolución obrera». Quizás este sea el motivo por el cual Cambió siguió defendiendo a capa y espada la Dictadura hasta su mismo precipicio, así en Les Dictadures (escrito en 1929) escribía románticamente: «Miramos el régimen dictatorial como un remedio aplicado a una profunda enfermedad política que los pueblos sufrían» (p. 135).

Pese a los lamentos de Cambó esta grieta había sido abierta y en buena medida por los marroquíes y rifeños, como le señalaba Maurín a Indalecio Prieto, el dirigente más lúcido del PSOE: ya que mientras éste había apoyado a las tropas españolas al grito de “¡Viva España!” Abd-el-Krim había destruido las bases militares del Estado monárquico: en consecuencia, la República debía más a los rifeños que no al PSOE a ojos de Maurín. Ramón J. Sender, el Zola aragonés, narraba este crudo vietnam español en su primera novela, Imán (1930), y la catarsis anticolonial en los soldados con estas palabras: «Yo no sé si soy español o no, pero estoy por los moros». La viabilidad de la República, por añadidura, dependía de solventar democráticamente la cuestión colonial, que ya había perdido a la Primera República en 1873, con una actuación antagónica al de la guerra y la ocupación.

Para ello había que desarticular al militarismo que entre 1909 y 1923 había engordado un 239% su número de oficiales, hasta la insólita cifra de 28.000 para el reducido ejército español. Más voraz era el hambre del ejército con respecto a los presupuestos generales del estado: el gasto militar había pasado del 27% del erario público en 1915 a abarcar el 51% en 1922. El ejército era la sociedad anónima del Estado y por lo tanto cualquier veleidad pacifista constituía una amenaza directa a los negocios de este entramado.

En el campo económico, la República nacía bajo el crack del 29, la hiperinflación atenazaba a las clases populares, la peseta se devaluó un 30%, con la pérdida de poder adquisitivo que eso significaba y el paro afectaba a medio millón de trabajadores en 1931, de los cuales sólo un 2,4% recibía algún tipo de ayuda, mientras que el Banco de España declaraba beneficios récord con respecto al año anterior. Frente a lo cual los comunistas del Bloque Obrero y Campesino, el partido de Maurín, plantearán la rebaja de alquileres, el reparto de la tierra, la jornada laboral de seis horas y el aumento de salarios (en su periódico La Batalla, el 7 de mayo de 1931). Ya que el latifundismo inmobiliario es otro de los exponentes de la crisis de vivienda en un país en el que los alquileres han aumentado hasta un 150% durante la década de los veinte: sólo en Barcelona hay más de 100.000 personas que viven en pisos realquilados, 30.000 sin techo alguno mientras los pisos vacíos se estimaban en cerca de 40.000. El primero de mayo de 1931 saca a 150.000 personas en Barcelona bajo el lema Contra el paro, la inflación y por la Rebaja de Alquileres, la República tiene que decidir si lo es de los inquilinos o de los propietarios.

El otro diente de león radicaba en el campo dada la estructura de la sociedad española, puesto que la agricultura representaba el 58% del PIB. Dónde todo ese poder se concentraba en 967 propietarios que poseían 10.500.000 hectáreas, el 53% de la tierra, mientras que en cambio 498.000 propietarios malvivían con una hectárea. La conclusión no podía ser otra que la señalada por Maurín: «El alfabeto de la revolución española empieza, naturalmente, por la letra a, y la letra a es la revolución agraria» (Hacia la segunda revolución, 1935).

Del jacobinismo al Frente Popular

En este conjunto de contradicciones brutales se hallaban las causas constituyentes del nuevo régimen. Para el que había sido, por breve tiempo, secretario general del PCE en 1924 y de la CNT en 1922, Maurín, la República debía superar el ensayo de 1873 «de una manera jacobina, bolchevique», es decir, aunando las fuerzas motrices de la república: la clase obrera, el campesinado y los movimientos de emancipación nacional. Una propuesta de alianza que no todos los republicanos cabalmente comprendían —entre ellos Azaña— ya que si intelectualmente habían confundido las bayonetas napoleónicas que entraban en España en 1807 con la obra de la revolución francesa, a su vez tomaban el centralismo de Termidor por modelo de Estado, de ahí el latigazo de Maurín en su Hacia la segunda revolución (1935):

«Napoleón bastardeó la autonomía creada por la gran revolución. La “una e indivisible” organizada sobre la autonomía de las comunas y departamentos fue transformada manu militari en el centralismo absolutista del Imperio. El centralismo burocrático policíaco-administrativo de la Tercera República no es hijo de la época gloriosa de la Revolución, sino fruto directo del cesarismo napoleónico. Es el Imperio sin emperador.

Nuestros republicanos afrancesados, creyendo que seguían la huella de la Convención, copiaban teóricamente, el bonapartismo y, prácticamente, no salían de los senderos trazados por cuatro siglos de monarquía absoluta»

Por el contrario, el jacobinismo confederal emanado del movimiento obrero que clamaba por la independencia de Marruecos, la abolición del ejército, la reforma agraria y la República confederal, solo se haría oír en el Congreso por el impulso del Frente Popular, en febrero de 1936, cuando Maurín le proponga a Azaña medidas políticas expeditivas para acabar con la amenaza de la extrema derecha.

Tal y como había avanzado en su debate con Santiago Carrillo para plantear una alianza que no significara ni la supeditación al progresismo verbal de Azaña ni a la errática política del PSOE. Para Maurín, el referente era el Frente Común francés de León Blum basado en la unidad de acción, la unidad sindical y la unidad política para conseguir un partido único de la izquierda basado en unos objetivos de clase muy concretos puesto que el proletario —en palabras del propio Blum en su periódico Le Populaire—: “Quiere un partido único de la clase trabajadora. Quiere la unidad, porque ve en ella su sola y segura salvaguardia contra el fascismo y la guerra». Como resume en términos más actuales Jean-Luc Mélenchon: “La estrategia del Frente Popular se construye con aquellos que lo quieren.”A noventa y tres años de la proclamación de la Segunda República si bien es interesante recordar sus logros constitucionales, como el artículo seis por el que se proclama que «España renuncia a la guerra como instrumento de política nacional», es más relevante recordar las causas que hicieron de la República una sentida necesidad de clase y, por tanto, un programa político que dibujaba un determinado bloque de alianzas. Toda una alternativa en su momento frente a una Europa dominada por las ansias de guerra y el revanchismo de clase bajo un paraguas fascista que en España tomaba características propias como predijo lúcidamente Maurín en el prólogo de su obra más importante: «Los defensores de la Monarquía son fascistas. Si triunfaran, se produciría una apoteosis negra, en la que se entremezclarían los cálices y las horcas, los títulos nobiliarios y los máuseres, la propiedad de la tierra y el hambre más atroz» (Hacia la segunda revolución, 1935).

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