Contra la cultura

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Irene Montero, exministra de Igualdad, con David Torres en la presentación de su libro — A. Pérez Meca / Europa Press
A mí no me parecería disparatado bautizar un Ministerio de Feminismo, Memoria, Educación y Cultura. Y no necesariamente por ese orden, pues aquí el orden de los factores no altera la suma

Ahora resulta que no solo nuestras derechas censuran y rompen versos de Miguel Hernández y prohíben representaciones de Lisístrata en sus ayuntamientos. Esto del neofascismo es un no parar. Esa soluble internacional fascista que está atacando desde tan diversos frentes tiene una prioridad asesina de la que no nos damos cuenta: la cultura.

Cuando empezó a hablarse de feminismo, esa contracultura tan marginal que solo afecta al cincuenta por ciento de la población, los gubernamentales machirulos de España y allende los mares lavaron sus falodemocráticas conciencias con una sorprendente maniobra: hay que darle representatividad gubernamental a la mujer, pa disimular: ¿Qué le damos?: algo poco importante: ¿Educación y Cultura?: Lo has clavao, presidente.

Educación y cultura eran y son las marías ministeriales, y por eso se podían delegar en las mujeres. Esperanza Aguirre fue la primera ministra de educación y cultura de España, allá por 1996 y con el primer gobierno de José María Aznar. Con eso os digo todo.

Darle la responsabilidad de la educación y la cultura a una aristócrata de las que organizan tómbolas, donde reparten pasteles entre los niños pobres una vez al año, a José María Aznar le pareció ultrafeminista, como ya ha manifestado él mismo más de una vez.

Solo un pueblo lo suficientemente culto puede tener una afectividad sana. En España matamos una mujer y media cada diez días, y yo creo que eso solo se soluciona con educación y cultura. Quizá el nombre de Esperanza Aguirre no fuera el más idóneo y curriculado, pero yo me alegré de que al frente de nuestra cultura y nuestra educación se pusiera una mujer. Por muy fachimachirula que sea mi Espe.

A nuestros gobernantes, con la mujer, les pasa un poco como con los toros, que diría el semiólogo y matador Jesulín de Ubrique. Aprecio a nuestro ministro de Cultura, Ernest Urtasun, aunque nos esté poniendo los cuernos premiando a los Miura y a la tauromaquia. Galardona nuestro ministro rojelio de Cultura el asesinato público de bellos animales. ¿Cultura? Prefiero tirar cabras desde un campanario. Sufren menos y durante menos tiempo.

En una cosa tienen razón los fascistas: matar toros y arrojar cabras desde los campanarios es cultura, es nuestra cultura, y por eso nos lo deberíamos hacer mirar. Financiamos los toros y censuramos Lisístrata. Gozamos de la agonía de un bello y desangrado animal, deseando íntimamente que cornee al torero para más espectáculo, y nos molesta una obra de teatro en la que una mujer convoca una huelga de sexo hasta que los hombres no abandonen sus guerras absurdas.

Ya sé que algunos maliciáis que me estoy yendo por los cerros, pero no es así. La cultura, la educación, la memoria y el feminismo son cuatro actores principales de una misma tragedia. Esperemos que el tiempo y la evolución la conviertan en vieja comedia, como desearían Aristófanes y Umberto Eco. Y a mí no me parecería disparatado bautizar un Ministerio de Feminismo, Memoria, Educación y Cultura. Y no necesariamente por ese orden, pues aquí el orden de los factores no altera la suma.

Que la lucha contrafeminista es una prioridad del fascismo resulta obvio. Pero, durante estas últimas democracias, su lucha contra la cultura es igual de feroz pero más sutil. Ya está muy mal visto quemar libros. Sin embargo, seguimos aceptando con naturalidad que se quemen brujas (ellas me entienden).

Estas idióticas greguerías que os escribo no son más que para decir que no distingo entre cultura y feminismo, como cuando voy por el campo y soy incapaz de diferenciar el aire del viento. Pero, cada vez que observo un ataque a la cultura, no sé por qué, pienso en cómo defender a mi dama.

El periodista David Bollero, un genio que escribe de tecnología para lectores que solo sabemos solucionar los problemas informáticos con un apaga y enciende, nos cuenta en Público que los ciberterroristas modernos se están cebando ahora con museos, librerías, galerías de arte y teatros. Infectan sus portales web y los arruinan, pues no pueden vender entradas o programar visitas ni organizarse. La British Library fue ciberatacada el pasado mes de octubre por el grupo Rhysida, y los terroristas consiguieron abortar, al menos temporalmente, su proyecto estrella: ofrecer el catálogo de sus libros en línea. ¿A quién se le ocurre dedicar tanta inteligencia y trabajo a cercenar el derecho de una institución a difundir cultura? ¿Quién teme tanto a la belleza y a la palabra? ¿Por qué la cultura tiene nombre de mujer? Disculpad estas erráticas greguerías.