¿Quién puede matar a un niño (negro)?

YouTube Selección Española de Fútbol
Lamine Yamal y Nico Williams — YouTube Selección Española de Fútbol
Están desbocados nuestros ultra-botarates, esa plaga que germina con feracidad en los predios de nuestra derechona

Llevo días aterrorizado con el despliegue racista en redes contra dos niños, Lamine Yamal y Nico Williams. El primero estudia todavía la ESO. Su pecado, ser españoles y negros y jugar magníficamente al fútbol.

No me voy a poner aquí a relatar la cantidad de atrocidades que he leído estos días, desde el ya clásico “volveos a la selva” al más elaborado: “¿Esto es España?, ¿es una broma?”, bajo una foto de los dos chavales negros celebrando un gol de España. No faltan los insultos más directos, soeces, yo creo que incluso rayanos en lo delictivo, dado que se difunden junto a la imagen de un menor.

Como reportero de los caminos, yo hasta hace poco me jactaba de conocer bastante bien mi país, o al menos de intuirlo. Y hasta hace no mucho estaba convencido de que la España cristofascista, racista, cruel y de zafio supremacismo era minoritaria, aunque renuente a desaparecer del todo. Hoy me parecen multitud, una plaga infinita de insectos que no se sabe de qué rendija salieron, una pandemia de descerebramientos inexplicable.

Inexplicable, sobre todo, en los jóvenes. Mientras escribo esto, intento hacer memoria buscando jóvenes fascistas a los que haya conocido, y no me sale ninguno comparable a los de ahora, ni en cantidad ni en fascio-calidad.

Se nota mucho en el trato con las chicas. Muchas veces, entre colegas de generación hablamos de esto cuando observamos ciertos comportamientos en las terrazas y en las calles. Quizá es que nos autoidealizamos, pero yo no recuerdo decir de chaval las barbaridades ultramachistas que se sueltan ahora de las compañeras. Y menos delante de ellas. Yo hasta diría que les teníamos un respeto casi reverencial, y eso que habíamos sido educados en una sociedad rotundamente feminófoba que aun no se desprendía del mito del latin-lover en calzoncillos largos y del todas son unas putas menos mi madre, mi mujer y mi hermana.

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Siendo adolescentes, cuando todavía casi nadie había follado y algunos ni besado, recuerdo que un chico al que llamábamos Primerito presumió de haberse tirado a una niña que se parecía a Olivia, la de Popeye: “Tiene el coño como un buzón de correos”, se jactó. Nadie le rió la gracia, y eso que a Primerito siempre se le reía todo, porque era el rico de la pandilla y cuando no estaban sus padres íbamos a su casa a saquear el botellero. Por supuesto que decíamos a menudo burradas, pero sobre chicas genéricas e inalcanzables que nos cruzábamos por la calle, pero no de una compañera, de una amiga. Y todos nos dimos cuenta de que Olivia, la de Popeye, fuera verdad o mentira, no merecía ese trato.

La homofobia sí que ha cambiado menos. Ser homófobo y hacerlo público siempre ha sido una manera de exaltar tu propia virilidad. Supongo que hay hombres que arrastran poderosos complejos fálicos, de ahí la persistencia en su vicio. Nuestros destogados jueces acaban de absolver a un tío que amenazó a un chaval gay al grito de “te voy a hacer heterosexual a hostias”. No me digáis que no tiene su bárbara poesía. Más testosterona, menos neurona, tendrían que gritar en las manifestaciones de Colón.

Volviendo a lo que está pasando ahora con los dos chavales negros de la selección de fútbol, es sorprendente e inquietante. En el fútbol siempre ha habido racismo, of course. Pero el hooligan es racista con el negro contrario, no con el negro de su equipo. Como si se pudiera ser racista a tiempo parcial. Parece que no tienen ninguno, pero a lo peor tienen dos cerebros enfrentados. Cosas peores ha visto el doctor House.

Con España ya jugaron Donato y Marcos Senna, que yo recuerde, y nadie se acordó del tinte de su melanina. Hoy, que en teoría somos más modernos, muchos españoles braman contra los dos más brillantes jugadores de su España, de los que en el deporte defienden su sacrosanta bandera. Quizás habría que recordarles que su adorado Franco presumía de guardia mora.

Es muy triste para un alma ya provecta como la mía constatar que, por primera vez en 50 años, este país y este mundo involucionan. Hasta el punto de cebar su odio en un niño que hace feliz a estos mismos fascistas que vociferan sus goles. ¿Qué perverso druida ha destilado tanto veneno? ¿Quién quiere matar (socialmente) a un niño que juega en tu equipo o en otro? Yo no sé qué daño psicológico puede estar causando a los dos chavales esta avalancha asesina de cráneos vacíos. Y a lo mejor es un tema sobre el que deberían meditar nuestros jueces, aunque todos sabemos que están muy ocupados en otras importantes cosas. Preocuparte de los niños, cuando estás dando un golpe de Estado, sería una frivolidad.