Lucas Burgueño y las exageradas

Varias personas portan una pancarta durante una manifestación en contra de la celebración del Día de la Hispanidad, a 12 de octubre de 2022, en Barcelona, Catalunya (España). Unas 200 personas convocadas por la plataforma Som Antifeixistes se han manifestado contra la celebración de la Hispanidad, bajo el lema '12-O Res a celebrar'. El manifiesto de la protesta critica que el Día de la Hispanidad conmemora 'la conquista, la colonización y la asimilación de los pueblos de América'.
12 OCTUBRE 2022;BARCELONA;CATALUNYA;ANTIFASCISTA;12 DE OCTUBRE;NAZIS;
Lorena Sopêna / Europa Press
(Foto de ARCHIVO)
12/10/2022
Nos llamáis exageradas cuando exigimos perspectiva de género a quienes trabajan en las Administraciones públicas. Y nos llamáis insubordinadas si pretendemos cambiarlo

Manifestación antifascista en Barcelona en octubre de 2022

Lorena Sopêna / Europa Press

Resulta que Lucas Burgueño, el hombre que grabó y acosó al diputado socialista Óscar Puente al subirse a un tren, no era un ciudadano cualquiera, un hombre indignado, ni uno que pasaba por allí.

Era, como le han denominado por aquí, un escuadrista de la extrema derecha y un habitual de la manosfera digital, ese no-lugar donde se dan la mano los discursos reaccionarios y las tesis ultraliberales, el lugar seguro para los bros que se recuecen en su bukkake de odio. La violencia digital rara vez se queda ahí, en la pantalla —de eso ya hemos avisado las feministas— y, precisamente por eso, ha resultado que Burgueño tenía en su haber un historial que incluía varias agresiones y la denuncia de acoso a una expareja.

Pero Lucas es solo un síntoma, una muestra, de un problema bastante más complejo. En paralelo a su activismo digital, se construía una carrera profesional de esas hinchadas vía LinkedIn con muchas palabras en inglés, como coaching, mindfulness, soft skills, team leaders… ya sabéis: el mercado, amigas. Lo preocupante es que entre su currículum se encontrasen también trabajos contratados o auspiciados por Administraciones públicas en los que alguien como él entraba en contacto con recursos sociales como la Casa de la Mujer de Leganés o la del barrio de La Fortuna, o con centros de inserción social como el Victoria Kent de Madrid. Lugares que quienes los conocemos bien sabemos que son fundamentales para la atención de mujeres víctimas de violencia de género o de colectivos vulnerables cuyas oportunidades o cuya estabilidad dependen de programas de inserción social o laboral. Y en los que, según su LinkedIn, participaba Burgueño.

Linkedin de Lucas Burgueño

Nos llamáis exageradas cuando exigimos perspectiva de género a quienes trabajan en las Administraciones públicas. Nos llamáis chiringuiteras cuando ponemos en valor el trabajo de las auténticas profesionales y pedimos más recursos para ellas. Nos llamáis propagandistas cuando colocamos Puntos Violeta en los pueblos para sentirnos seguras. Nos llamáis incendiarias cuando denunciamos que personas como Burgueño existen más allá de las redes. Y nos llamáis insubordinadas si pretendemos cambiarlo.

Era violencia política, y no era puntual (un episodio en un tren, una mala declaración pública), sino una estrategia constante y programada para destruir personas y proyectos

Hay quienes llevan mucho tiempo advirtiendo de que había que parar los pies a los síntomas, como Lucas, e ir a por la enfermedad. Me refiero, por supuesto, a quienes han estado décadas enfrentándoles en la calle, a costa de mordazas y multas, a pesar de ser caricaturizados como “peleas entre bandas”, como lumpen, como macarras de barrio. Me refiero también a quienes han hecho su parte investigando, denunciando, demostrando que la violencia machista o racista se cocinaba en la tolerancia y la impunidad de elementos a los que nadie puso coto ni freno, ni hace cuarenta años ni ahora, y se les dejó operar desde las cloacas más oscuras de la democracia. Y me refiero también a quienes han sufrido esta violencia durante meses en las puertas de su casa, en las carnes de su familia, en el insulto diario a su trabajo, a sus cuerpos, en la impugnación absoluta de sus vidas. Era violencia política, y no era puntual (un episodio en un tren, una mala declaración pública), sino una estrategia constante y programada para destruir personas y proyectos. Una violencia que no es una “lacra”, que no cae del cielo, como las plagas bíblicas, sino que tiene agentes que la ejercen, estructuras que la alimentan, y consentidores que la toleran. Y no, no me preocupa tanto otra arenga golpista de Abascal en el Congreso devorándose a sí mismo como los muchos multiplicadores cotidianos de ese odio que pueden estar, por ejemplo, trabajando en ese centro público de Leganés.

Imaginad el resultado que puede tener el hecho de que caiga en sus manos un curso sobre relaciones e hijos adolescentes. Imaginad si se trata de un terapeuta que trabaja con maltratadores. Imaginad que alguien así sea el encargado de tomar una denuncia de agresión sexual en una comisaría. O de atender menores en un Punto de Encuentro Familiar. O de tomar decisiones sobre presupuestos o políticas de igualdad en un municipio o en una ciudad. Imaginad que pueda decidir un operativo o una investigación. Imaginad incluso que fuera un juez decidiendo cómo enjuiciar una violación. No sé, imaginadlo.