La Torre de Babel y el Congreso chino

A partir de ahora, tendremos que aguzar el oído para acostumbrarnos a una riqueza lingüística que ya existe pero que parece condenada a subsistir en los márgenes de la oficialidad.

Dicen las páginas del Génesis que hubo un tiempo inmemorial en que solo existía una lengua. Y dicen también que los sucesores de Noé, supervivientes del gran diluvio, se instalaron en una llanura de Senaar y fundaron el gremio de la construcción. Así, hinchados de soberbia, resolvieron levantar un edificio tan alto que acariciara el cielo y extendiera su fama más allá de los siglos. A Dios no debió de hacerle mucha gracia porque bajó de sus dominios y confundió las lenguas de los constructores para que no se entendieran entre sí y terminaran dispersos por toda la faz de la tierra.

A lo largo de los tiempos, el mito de Babel ha admitido todo género de interpretaciones, algunas razonables y otras audaces o más bien disparatadas. ¿Qué intención se esconde tras esta zancadilla divina contra la especulación inmobiliaria? Hay en la furia de Dios un castigo contra la vanidad humana pero también una oportunidad para la expansión de los pueblos. La fábula parece, en todo caso, un intento precientífico de explicar la diversidad cultural y la riqueza lingüística. No por casualidad, otras culturas han engendrado relatos similares para responder a la misma pregunta. ¿Por qué hablamos lenguas diferentes?

En su cruzada contra la pluralidad, el ABC ha llevado a la portada de su digital un alegato contra la apertura del Congreso a toda lengua que no sea el castellano. Una sutil reforma del reglamento permitirá a los diputados expresarse en idiomas que ya suenan en otros parlamentos sin que nadie haya levantado tanto escándalo. Será “la torre de Babel”, dice el ABC, que se ha preocupado por el coste de la traducción simultánea y apela a la sensatez de la bancada popular. Borja Semper ya ha anunciado que en su grupo no habrá lugar para exhibiciones políglotas: “Vamos hablar en castellano. No vamos a hacer el canelo”.

Los estudios filológicos, que se han interesado por el viejo matrimonio entre la lengua y la política, acuñaron el concepto de “imperialismo lingüístico” para referirse a la voluntad uniformizadora de las grandes culturas. El profesor escocés Robert Phillipson sostiene que las lenguas de los imperios se establecieron más allá de sus fronteras a costa de las lenguas locales, y esa correlación desigual sigue operando en nuestros días a favor de las metrópolis. El imperialismo lingüístico justifica que los centros de poder glorifiquen las lenguas dominantes y les concedan más recursos materiales al tiempo que estigmatizan las lenguas minorizadas.

Aresti lo despachó con una retranca proverbial: “Si quisiera más lectores, escribiría en chino, que son mil millones”. Como dice la chavalería, el zaska se escuchó hasta en Pekín.

Hace ya casi diez años, el programa “Para todos la 2” cometió la imprudencia de invitar al catedrático Juan Carlos Moreno Cabrera para hablar de “la lengua que nos une”. El corte está aún disponible en YouTube y es una pirotecnia de honestidad intelectual y pedagogía. Moreno Cabrera, que ha escrito largo y tendido sobre el imperialismo lingüístico panhispánico, corrige uno por uno todos los prejuicios de la presentadora. ¿De qué nos sirve hablar lenguas minorizadas? Sirve para acceder a formas de ver el mundo tan ricas y valiosas como las demás. Siempre despreciamos lo que desconocemos.

A partir de ahora, tendremos que aguzar el oído para acostumbrarnos a una riqueza lingüística que ya existe pero que parece condenada a subsistir en los márgenes de la oficialidad. Babel no es el Congreso sino el mundo, donde gente diversa habla lenguas diversas y aun así consigue entenderse. Es el mismo mundo, también, donde gente que habla una misma lengua se enreda en torpes malentendidos y hasta se enzarza en la guerra. Será que la voluntad de comunicarse es más poderosa aún que las palabras. Quien no quiere entendimientos siempre sabe urdir un buen pretexto.

Cuentan que en los últimos años del franquismo, el escritor vasco Gabriel Aresti recibió un galardón literario de las manos del Secretario de Cultura y Turismo. El dignatario, interesado o preocupado por el poeta, formuló una pregunta que tantos autores han escuchado alguna vez: “Señor Aresti, ¿por qué escribe usted en euskara si en castellano podría tener más lectores? Al fin y al cabo, son quinientos millones de hablantes”. Aresti lo despachó con una retranca proverbial: “Si quisiera más lectores, escribiría en chino, que son mil millones”. Como dice la chavalería, el zaska se escuchó hasta en Pekín.