Cierta pasión por el ruido

Portada del disco Pasión por el ruido de Barricada (1989).
No confío en aquellos que, sentados desde el patio de butacas, abuchean y dejan tirados a compañeros porque hacen ruido, todo sea que se les acuse de ser la banda que acompaña al artista ruidoso.

He de reconocer que tengo cierta pasión por el ruido, desde bien pequeño, tanto es así que me faltaban menos de 48h para nacer y ya estaba en un concierto de Robe Iniesta (Extremoduro) que organizó el movimiento zapatista en Madrid. Debe ser por eso que no comprendo el silencio cómplice, la seducción por los cantos de sirena y las melodías adaptadas a lo que reclaman las grandes discográficas que —aunque llenan grandes recintos, les dan espacio en la radio y se convierten en los artistas preferidos de la población— hacen muy poco ruido.

A una parte muy concreta y específica de los grupos de los 80’ y 90’ se les calificó como “nada más que ruido”, no hacían la música con los tonos y acordes que sonaban en la radio, por lo que ni se reconocía como música lo que hacían. Pero lo que en realidad incomodaba no eran las guitarras distorsionadas, era lo que —entre ese ruido— se decía, lo que una sala pequeña abarrotada de rockeros entonaba y lo que ello suscitaba en sus conciencias.

Ese ruido denunciaba todo tipo de problemáticas sociales, la mentira de la transición pacífica, la guerra sucia del Estado, el cambio de chaqueta del progresismo patrio, la iglesia o el poder mediático para silenciarles y criminalizarles. Ese ruido se mantuvo firme en sus formas y palabras a pesar del veto y la censura, aunque no llenasen grandes recintos en todas las ciudades donde tocaban, aunque no fuese agradable para la gran mayoría del público, que se lo digan a las Vulpes.

Pero ese ruido no solo tuvo que hacer frente a la censura, también tuvo que lidiar con “compañeros” de profesión —que sí que hacían grandes melodías— cómplices de los ataques, vetos y silencios estructurales con el ruido. Me vienen a la cabeza los Premios de la Música (2003) cuando desde el patio de butacas, repleto de profesionales de la música, abuchearon a Fermín Muguruza por denunciar el cierre del periódico Egunkaria y solidarizándose con los trabajadores mientras daba el discurso tras recibir un premio. Fueron sus propios “compañeros” los que mediante esos pitos y abucheos le estaban diciendo que no hiciese tanto ruido.

Por eso tampoco entiendo el desdén al ruido desde la política. Porque la partida se juega con el mismo tablero y las mismas condiciones que todos esos grupos —que tanto aprecio y respeto tengo— que encontraron un hueco para transmitir sucesos, criticar el sistema, las estructuras del Estado y remover conciencias. Pusieron su granito de arena en la transformación social, no se conformaron con rebajar el tono de sus letras y la distorsión de sus guitarras.

No me convencen las propuestas políticas amables y conciliadoras que se definen ante todo como “democráticas” porque llegan a acuerdos con los que piensan diferente, como si ceder en tus posiciones fuera un activo de peso de un movimiento supuestamente transformador. Al fin y al cabo, siempre apostaré por aquellos proyectos que intentan transformarlo todo y que, cuando se chocan con vetos, censuras y cesiones, pelean hasta que la batalla está perdida, maltrechos salen lamentándose de haber perdido —en ningún caso alardean de haber cedido en sus posiciones— y siguen dando esa batalla.

A Barricada le censuraron canciones en sus discos por el ruido que generaban sus letras pero en los escenarios se atrevían a tocarlas y, treinta y siete años después del tema Bahía de Pasaia, se recuerda como uno de los mejores homenajes musicales que se le hizo a aquellos sucesos que ocurrieron hace cuarenta años. Si Barricada hubiese dejado de hacer ruido, esa canción —y otras tantas que les censuraron— se hubiese quedado guardada en un cajón sin trascender en las conciencias del público y las generaciones futuras como es mi caso.

No confío en aquellos que, sentados desde el patio de butacas, abuchean y dejan tirados a compañeros —que incluso son reconocidos por su trabajo— porque hacen ruido, todo sea que se les acuse de ser la banda que acompaña al artista ruidoso. Por eso no confío ni en los “compañeros” de F. Muguruza que le abuchearon, ni en los “compañeros” que dejaron tirada a Irene Montero para no ser tildados de ser el fusible que permite la amplificación de su ruido.

Esa gente no será nunca un compañero porque el rechazo a hacer ruido en realidad es un rechazo a quien lo realiza y, aunque sermoneen de su esencia “democrática” porque se rodean de pensamientos distintos, los hechos demuestran que solo se rodean de silencio, nunca de ruido. Y esa es su verdadera esencia.

Ante ello me sale deciros lo que escribió un tocayo —y la influencia de mi nombre— iros todos a tomar por culo pero voy a intentar ser más amable y conciliador y lanzo el llamamiento de Barricada con el que respondieron a las críticas por el ruido de su música:

Hoy nos sentiremos todos
Un poco más perdedores
De cuclillas en el sótano del paraíso
Harto de actuar como mero espectador.

Ven aquí se rompe el telón con el ruido
Ven aquí bailar y sudar con el ruido
Ven aquí con cierta pasión por el ruido
.”