Javier Milei, otra vuelta de tuerca del liberalismo

La emergencia de personajes como Milei, hábiles para canalizar el descontento de amplios sectores sociales, también populares, conduciéndolo por la senda de reforzamiento del mismo sistema que provoca el malestar social, debería ser una señal de alarma para la izquierda
Spot electoral — Javier Milei

Rodeado de las masas, por momentos agobiado por la cantidad de personas que lo circundaban, pero en un estado de éxtasis, así recorrió Javier Milei los últimos metros de la pista del mini estadio bonaerense donde realizó su cierre de campaña. El líder de La Libertad Avanza (LLA), enfervorecido, se subió al escenario y comenzó a cantar la canción Panic Show que sonaba de fondo. “¡Hola a todos! Yo soy el león”, gritaba Milei, mientras las pantallas mostraban a un león en llamas y él se movía enérgicamente haciendo aspavientos y muecas felinas. Parecía querer purgar las acusaciones de ser un gatito mimoso del poder económico que le lanzó la candidata del Frente de Izquierda y los Trabajadores, Myriam Bregman, en el primer debate electoral.

Que un candidato presidencial se comporte como una estrella del rock llevado por el arrebatamiento de unas encuestas electorales que lo sitúan a la cabeza de los resultados este domingo no debería sorprendernos. Cada cual tiene su estilo y quienes están dotados de carisma se caracterizan por acrecentar su aura rompiendo las normas de comportamiento no escritas. Pero, para que haya una estrella del rock, o un líder político, hace falta un público dispuesto a encumbrar a la persona en cuestión. Hay que bajar, por tanto, el foco del escenario y mirar al actor que permite explicar el fenómeno Milei: su público. 

Conviene apuntar que Milei no es sólo Milei; es un fenómeno que cristaliza en su figura pero que la trasciende. Milei es, paradójicamente, la opción suicida que muchos argentinos y argentinas han considerado mejor para cambiar el orden de cosas existente. Es la salida desesperada de un sector de las bases sociales al que no le alcanza el salario y que ve en este nuevo líder la solución a sus problemas. Pero, igual que en el caso de otros supuestos outsiders de la política, como Donald Trump, Milei no es otra cosa que la apuesta de un sector de la clase dominante yendo un paso más allá para demoler un Estado que les estorba. 

La superficialidad de algunos enfoques y su obsesión con la figura del líder dejan de lado el análisis sobre los sectores que apoyan la agenda de Milei, sea desde las clases dirigentes o desde la base. La megalomanía de Milei, o los detalles estrafalarios de su manera de ser, son asuntos secundarios que sirven para acrecentar el mito, pero que distraen de un debate de fondo que debería responder a las siguientes preguntas: ¿en qué momento los argentinos, y por qué, han decidido apostar por un candidato que defiende draconianos recortes, que tendrán graves consecuencias sociales, como la mejor opción para mejorar la situación económica del país? ¿Cómo y por qué Argentina ha llegado al punto de poder convertirse en el primer gobierno anarcocapitalista de la Historia?

Es clave entender cómo es posible que opciones políticas que se presentan como rupturistas, aunque sus propuestas económicas sigan la misma gastada receta de recorte de gasto público y privatizaciones —ahora en un grado superlativo— puedan ser vistas como un cambio en lugar de una continuidad, en versión descarnada, de ideas que ya llevaron a la ruina a muchos pueblos, no sólo en Argentina. Y más todavía cuando está tan reciente el ejemplo del Gobierno de Mauricio Macri, cuya política de recortes será ampliamente superada por la ofensiva que prepara Milei. 

La respuesta anterior, sin duda, se compone de múltiples factores: los estragos de un capitalismo en perpetua crisis, que en Argentina se traduce en altos índices de inflación, y una izquierda gobernante que se percibe como incapaz; una cultura política del “que se vayan todos” que niega las posibilidades de la política para solucionar los problemas, ahora reapropiada por LLA; la pérdida de la memoria de lo que implicaron la dictadura y los gobiernos neoliberales en la historia reciente, paradójicamente producida en uno de los países que más ha contribuido a los procesos de memoria, justicia y reparación de los crímenes dictatoriales; o el hábil uso de los medios y de las redes sociales para difundir el mensaje, están detrás de su éxito. Todo lo anterior se une a un individualismo atroz que pierde de vista el sentido colectivo, que es, en esencia, el terreno que permite que las ideas misántropas y maltusianas, presentes en la propuesta política del liberalismo que representa Milei, puedan calar.  

Esperemos que el pueblo organizado argentino, ese que ha dado lecciones de lucha al mundo, esté una vez más a la altura del desafío histórico que tiene ante sí

Sin embargo, algunos analistas despachan el asunto apuntando a que Milei es un populista más, uno de esos líderes surgidos tras la crisis que, aprovechándose de la democracia liberal, llegan al poder para acabar con los principios liberales de la democracia. En España, existe incluso el intento de equiparar “populismos de derechas y de izquierdas”: LLA y Podemos serían lo mismo porque ambos usan el término “casta”. Se trata de una interpretación un tanto superficial, por decir lo mínimo, que utiliza indistintamente las mismas etiquetas para catalogar fenómenos que, aunque puedan aglutinar un voto de protesta inicial, son de naturaleza diametralmente opuesta. 

Pero, sobre todo, se trata de un análisis que no va al meollo del asunto: las democracias liberales son en realidad democracias de mercado, justo lo que Milei propugna, aunque llevando su defensa del mercado y el laissez-faire a la máxima expresión. Las propuestas de Milei de suprimir el Banco Central, acabar con la educación pública eliminando su financiación, abrir la posibilidad de la venta de órganos o, incluso, postular que la privatización del mar puede poner fin a la extinción de las especies, no son más que posiciones coherentes dentro de la lógica de un pensamiento liberal que, en este momento histórico, se puede permitir prescindir del pacto social que llevó al surgimiento del Estado del bienestar, bandera de la socialdemocracia. Pero la socialdemocracia hace años que decidió suicidarse, abrazando la agenda neoliberal, pavimentando así la vía para el resurgimiento de los sepultureros de su modelo social.

Sin embargo, si algo tiene que agradecerle la izquierda a Milei, como a otros líderes de la derecha más extrema, es su capacidad para defender su programa político y su proyecto de país sin eufemismos. Esto permite debatir con un modelo antagónico de sociedad que pocas veces se observa de manera tan nítida como en las reiteradas declaraciones de Milei. Tener enfrente a un candidato que representa la quintaesencia del liberalismo debería suponer una ventaja para la izquierda pues le ayuda a confrontar con propuestas opuestas y diferenciarse mucho más de lo que la ambigüedad ideológica de algunas fuerzas del centroizquierda o centroderecha permite. Esta izquierda tiene en sus manos desmontar las falacias de un discurso que se presenta como novedoso pero que no es nuevo ni desconocido, ni en Argentina ni en el mundo.

Milei habla de revolución liberal, pero su discurso de mitificación de la tecnocracia y defensa de la supuesta eficiencia del mercado, para ordenar la economía sin interferencias estatales que lo distorsionen, es un mantra que retrotrae a los primeros años del neoliberalismo y a los discursos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Nada nuevo. No es el único punto en el que Milei conecta con el pasado, ni con la agenda conservadora y hasta reaccionaria, a pesar de su pretendido rupturismo. Su negacionismo de los 30.000 desaparecidos de la dictadura argentina, su justificación de este período presentándolo como una “guerra al terrorismo de izquierdas” donde hubo “excesos”, sus alianzas con los sectores de la extrema derecha militar representada en la figura de la candidata a vicepresidenta de LLA, Victoria Villarruel, hija de militares y abogada ella misma de altos mandos de la dictadura militar, o su postura contraria al aborto, no dejan lugar a dudas de su ubicación en el espectro ideológico de la derecha más extrema. Aunque se revista de rebeldía, Milei no pasa de ser un fiel defensor del orden existente, cuyo propósito es ir más allá de lo que el orden existente no se atrevía a verbalizar: una guerra abierta de clases.

La emergencia de personajes como Milei, hábiles para canalizar el descontento de amplios sectores sociales, también populares, conduciéndolo por la senda de reforzamiento del mismo sistema que provoca el malestar social, debería ser una señal de alarma para la izquierda. La derrota ideológica que todavía arrastra la izquierda desde tiempos de la Caída del Muro explica, entre otros factores, que en un momento de crisis tal, haya más gente que vea en las propuestas de Milei algún atisbo de transformación que en la candidatura socialista representada por Bregman. Y aquí radica el gran drama del fenómeno Milei. 

De hecho, una de las grandes paradojas es que las propuestas políticas del liberalismo de Milei, que profundizan la consustancial falta de libertad de la clase trabajadora en el capitalismo, se presenten como la máxima expresión de la defensa de la libertad. Este es un término que se utiliza, como tantos otros, a modo de significante vacío, sin conexión concreta con la limitada libertad real bajo las coordenadas del modelo económico capitalista y, mucho más, cuando este no tiene ninguna regulación que amortigüe su impacto. La vuelta de tuerca del liberalismo de Milei sólo es más libertad para los ricos a costa del tiempo de vida de los pobres.

Si Milei gana en Argentina, sea en primera o segunda vuelta, el capitalismo se apuntará un nuevo tanto. No avanzará la libertad, pero sí la demolición de la sociedad, esa misma que ya demuestra haber comenzado a resquebrajarse desde el momento en que las propuestas de Milei han recibido tanto eco. Esperemos que el pueblo organizado argentino, ese que ha dado lecciones de lucha al mundo, esté una vez más a la altura del desafío histórico que tiene ante sí.  

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