Milei contra la historia argentina

El mensaje en las calles fue tan claro como el cristal: la educación pública, libre y gratuita no se toca

La Argentina marchó masivamente por la educación pública, uno de los orgullosos pilares de este país que ahora es atacado por Javier Milei. El epicentro, como suele suceder, fue la ciudad de Buenos Aires, pero en todo el país hubo cientos de miles de personas que salieron a las calles.

Milei desprecia todo lo público, también la educación. En su dogma el Estado no debería existir y algunos de sus principales referentes incluso se atreven a decir que la educación ni siquiera debe ser obligatoria, en aras de una supuesta “libertad”.

Así lo manifestó abiertamente uno de sus diputados más cercanos cuando dijo “libertad es que, si no querés mandar a tu hijo al colegio porque lo necesitás en el taller, puedas hacerlo”. Este pensamiento, más propio del siglo XVIII o XIX, es el que acompaña a quien hoy dirige los destinos de la Argentina. Increíble pero cierto.

Días antes de las movilizaciones las redes sociales estuvieron inundadas de testimonios de quienes crecieron en hogares muy humildes y lograron un título universitario, al que solo pudieron acceder gracias a la universidad pública, libre y gratuita. Para muestra basta un botón: un psicólogo contó que su padre, hijo de inmigrantes italianos, trabajó como peón en el campo desde los ocho años. Para escapar de la miseria se trasladó a la gran capital donde trabajó como obrero y se casó con una mujer cuya historia era muy similar. Con esfuerzo lograron tener en su casa un pequeño almacén en un barrio obrero periférico y poco atractivo por ser uno de los lugares donde se quemaba la basura de la ciudad. Su hija mayor es ingeniera agrónoma y el menor psicólogo. Ambos graduados de la Universidad de Buenos Aires. Jamás lo hubieran logrado sin la educación pública y gratuita.

Hay que recordar que en 1918 hubo una revuelta estudiantil en la ciudad de Córdoba contra las estructuras conservadoras de la época para abrir las universidades a los sectores medios. Este  movimiento, conocido como la “Reforma Universitaria”, ha quedado en la memoria colectiva como el primer gran paso hacia la inclusión educativa y social. En su Manifiesto Liminar se decía que se rompía la “última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica”. El peronismo en 1949 dio un paso más y eliminó los aranceles para que la universidad fuera gratuita, dejara de ser elitista y pudieran acceder los trabajadores y sectores populares. El impacto fue inmediato y el resultado produjo una movilidad social que prácticamente no existía. Hoy, casi el 80 por ciento de quienes estudian carreras de grado lo hacen en universidades de gestión estatal, y apenas 20 por ciento en las de gestión privada.

La educación pública, libre y gratuita es parte del ADN argentino, aunque tal vez muchos de quienes salieron a las calles no conozcan el documento de la Reforma Universitaria, ni la ley de gratuidad de 1949. Más aún, tal vez hayan votado a Javier Milei cansados de la política “tradicional”, la misma que, paradójicamente, le permitió el acceso libre a la educación. Poco importa lo que votaron quienes fueron a las movilizaciones de, todos saben que la Argentina tiene cinco premios Nobel, formados en la universidad pública.

A diferencia de casi todos los países de América Latina y el Caribe, la universidad argentina no se caracteriza por ser elitista. Al ser libre y gratuita, en principio, es accesible para toda la población. Siempre es curioso escuchar comentarios de funcionarios de organismos internacionales preguntando por los cupos de inclusión para las minorías y tratando de impulsar la llamada “acción afirmativa” o “discriminación positiva”. Por lo general no comprenden cuando se les dice que en la Argentina NO se necesitan “cupos” porque la universidad es de acceso libre. Todo el mundo ingresa, no importa su origen ni su nacionalidad.

Existe una frase acuñada por miles de inmigrantes españoles, italianos, polacos y tantos otros —muchos de ellos analfabetos— que huyeron de la pobreza europea entre las dos grandes guerras: “m´hijo el dotor”. Quienes llegaron a la Argentina con escasa —o sin— educación repetían esta frase en un castellano rústico, típico de una persona iletrada, para referirse a sus hijos universitarios formados en la educación pública. Pocos saben, y tampoco viene al caso, que la frase es el título de una obra teatral de 1903 que relata la historia de un campesino cuyo hijo retorna con un título universitario de la gran ciudad. Allí se ven los conflictos que se derivan a raíz del choque cultural entre padre e hijo. Para la memoria colectiva la frase “m´hijo el dotor” es una síntesis de lo que representa el ascenso social, tal como se puede observar en la foto que ilustra esta nota.

Milei desprecia la educación pública, de la misma manera que desprecia la salud pública y no lo oculta. Lo ha dicho una y otra vez: “El mejor sistema educativo posible es uno donde cada argentino pague por sus servicios, esto es así, no es debatible”.

Su dogmatismo lo lleva a pensar que quienes salieron masivamente a las calles el 23 de abril en defensa de la educación pública son todos comunistas, aunque participaron miles de personas que lo votaron. El mensaje en las calles fue tan claro como el cristal: la educación pública, libre y gratuita no se toca. Milei es hoy una anomalía que va en el sentido contrario de la historia argentina. Y ya se lo están diciendo en las calles.

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