“Piedra contra tijera”: un bestiario musical histórico y político

El periodista Rubén González lanza un libro fundamental por su mera existencia, un compendio de lo que ha dado el rock español en las tres últimas décadas con ambición enciclopédica que debe estar en las estanterías de todo amante de la música y de sus implicaciones sociopolíticas

Vivimos tiempos de desparrame informativo. Tenemos al alcance de un clic todo lo que queramos, pero la cantidad es tan abrumadora y la cultura del hipervínculo tan tentadora, que rara vez podemos abarcar una cuestión en toda su dimensión y el caos se apodera de las aproximaciones a cualquier rama del saber, el esfuerzo por hacer exégesis de hechos y acontecimientos se da de bruces con una acumulación tan indiscriminada que acaba por nublar el camino. Por eso un libro como éste, Piedra contra tijera. Historia del rock español 1991-2021 (editado por La Oveja Roja), se erige como un faro para todas aquellas personas interesadas en entender un fenómeno cultural y artístico que está íntimamente ligado tanto a lo emocional y a lo instintivo como a lo racional, tanto a lo público como a lo privado, tanto a lo ultratecnológico como a lo artesanal, tanto a lo profano como a lo sagrado, tanto a lo individual como a lo colectivo.

No cabe duda, y el propio autor lo reconoce, de que estas 500 páginas son el resultado de un esfuerzo de síntesis brutal, porque abarcar 30 años de rock en un país tan prolífico musicalmente parecía imposible, pero el retrato está hecho y es un edificio narrativo fluido que presenta todas las facetas posibles, todas sus fachadas llenas de ventanas a las que, llevados ya por un mayor o menor interés, pueden asomarse lectores y lectoras para seguir profundizando en las diversas escenas, artistas, tendencias o grupos. Eso sí, después de lanzar esta piedra y hacernos cargo de su contundencia, de su rigurosidad, me atrevería a augurar, incluso solicitar, futuras ediciones en las que poder ir añadiendo no solo la información que ha habido que dejar atrás, sino un índice onomástico que nos ayude a volver una y otra vez a este libro en busca de aquel episodio relacionado con tal grupo o tal festival o tal disco o tal canción.

Mientras lo leía, me he sentido uno con mis contemporáneos avanzando junto a miles de personas que, sin ser conocidas, han entrado en mi tiempo acompañando como solo acompaña la música, puliendo carácter y personalidad, añadiendo dimensiones, matices y perspectivas a lo que uno va siendo. Porque esa manera de pensar el aire que es la música, como dice Ramón Andrés, nos envuelve como ningún otro arte, es transversal, es casi indispensable, es motor y alimento, es una casa común.

Soy mucho más que un mero coetáneo del autor. Fuimos socios y compañeros de aventuras editoriales. Rubén González es un periodista que conoce tan bien el territorio que pocos como él podían trazar su mapa con tal precisión. En estos 30 años que relata, parece que ha estado —y así será seguramente— en todas las ciudades que nombra, en todos los garitos, clubes y festivales, en todas las polémicas, en todos los fracasos y en todos los éxitos. Habrá escuchado todos los discos hasta conformar un registro mental envidiable de estilos y formas que le permiten armar el rizoma y relacionar tan exhaustivamente no solo lo que ocurre en España y entre los artistas españoles, sino de estos con el resto de las escenas internacionales. Encomiable, sin duda, pero agotador también. No en vano, el autor ha dedicado los últimos 10 años de su vida a este hito editorial.

Pero más allá de todo este rigor preciso y estricto a la hora de abordar el desarrollo de un estilo musical en un tiempo y un lugar determinados, el gran valor de este libro está también en que es en compañía de esa producción cultural que es la música que se puede explicar el tiempo político, social y económico de un país como el nuestro, en un segmento histórico que arranca con el punto de inflexión nacional que supone el año 1992 y acaba con la desestabilizante toma de conciencia de frágil globalidad que es la pandemia de 2020. En otro libro que cruza pensamiento crítico y música, Un lugar sin límites (Akal Editorial), Alberto Santamaría dice que “la cultura no explica el todo, ni puede servir de respuesta global, pero sí nos ofrece un lugar de análisis privilegiado”.

Dentro de la música, como expresión cultural, el rock ha sido un estilo dominante, hegemónico, que ha visto perder poder e influencia en los últimos años precisamente porque, aunque asimilado por el mercado en muchos de sus frentes, ha seguido conservando un espíritu contestatario siempre amenazante para el establishment. No todo el rock se ha podido domesticar, incorporar, desactivando sus modos y mensajes críticos con el sistema capitalista. Su verdad ética y su fuerza política han seguido tensando las relaciones aunque haya tenido que ser pasando a un segundo plano frente a las invasiones acríticas de todo aquel sonido que empezó a llegar, por un lado, desde los exilios de derechas reunidos en Miami bajo la batuta de Gloria Estefan, y por otro, desde esos experimentos —triunfitos— cruzados de telebasura que alumbró la España de Aznar.

El libro deja claro también que el rock no es solo un estilo, que es una actitud ante el mundo y eso puede ser expresado a través del punk, del pop, del grunge, del indie, del rap, del flamenco, del funk o de cualquier otro género anterior o posterior, y de todas las fusiones y mestizajes posibles. Ese crisol que va de Rosendo, Barricada, Extremoduro, Reincidentes o Ska-P hasta Toundra, Vetusta Morla o Los chikos del maíz, pasando por Soziedad Alkohólica, Los enemigos, Los planetas, Obrint pas, Lagartija Nick, Amparanoia, Amaral o los Mojinos, abre tantos espacios de colaboración como refleja tensiones culturales y políticas, y aunque los años del reinado del indie (a partir de 2005) parecen más apolíticos, la propia decisión de alejarse del mensaje diáfano es ya un posicionamiento político. “La música —volviendo a Alberto Santamaría— tiene la virtud de generar comunidades afectivas, grupos identificados, visibles socialmente. Al hablar de formaciones y prácticas culturales hablamos de choques y conflictos, de acciones y aprendizajes que crean estructuras afectivas (ideológicas, tal vez) que antes no poseían existencia concreta”.

En ese juego de intensidades entre lo dominante, lo emergente y lo residual (recomiendo el libro citado de Santamaría para profundizar en estas relaciones en las expresiones culturales), el rock se ha ido moviendo en España en estas tres décadas entre el centro y los márgenes, haciendo convivir generaciones, matando y resucitando grupos y artistas al calor de aconteceres que no siempre tienen que ver con el arte. Sea como sea, y como dice el propio Rubén González para cerrar el libro, “el rock está muy vivo y le queda mucho por delante”, aunque tenemos que estar atentos a las amenazas que se ciernen sobre nuestra forma de estar y entender el mundo. “Si el rock —sigue Rubén en su epílogo— llámese urbano, heavy o indie, no es capaz de revertir el mensaje dominante y se convierte en un mero altavoz o la pequeña válvula de escape finalmente resultante para que el engranaje funcione a la perfección, de nada sirve, mejor que desaparezca (...) Si a lo máximo que puede aspirar una corriente musical es a protagonizar los eventos de temporada, mientras evita los conflictos sociales de su tiempo para ser punto de encuentro de una masa consumista sin otra aspiración, seamos críticos y denunciémosla. Es necesario romper con la postura acomodaticia general y no es cosa menor, pues nos jugamos mucho. Al menos humildemente, este libro ha intentado ir en esa dirección”.

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